Tienes un email

2 abril, 2021

No. No voy a hablar de esta película.

Cada tanto aparece el lugar común de que en algún sitio del mundo hay un tipo que es idéntico a uno pero que uno nunca lo conocerá porque, probablemente es un soldado fronterizo pakistaní que, por capricho del universo tiene la mismas cejas frondosas que uno. Y todo lo demás.No sé si es cierto. No lo creo. Pero he descubierto que pasa otra cosa: mientras estamos preocupados por la exclusividad de nuestro rostro, lo que andamos compartiendo es nuestro significante.

Y no me refiero a la zoncera de que hay mucha gente que se llama “Alberto”.  Me refiero a que hay gente que tiene tu nombre y el de tu familia. Tu nombre y apellido.

En los años 90, a través de mi cuenta de ICQ, que acabo de descubrir que sigue operativa, encontré a setenta personas con mi nombre y apellido. Todas en Brasil.  En Facebook dejé de contarlos recién en los trescientos. Otra vez, la mayoría son brasileños. La gracia se agota en esa búsqueda. Nunca se me ocurrió escribirle a ninguno.

A ellos tampoco. No directamente.

Teniendo la edad necesaria para haber visto el ascenso, auge y olvido de ICQ, también fui pionero en otra cosa:

Abrir una cuenta de correo electrónico sin pagar por ello. Hubo una época en que el modelo gratuidad Google y su Gmail no existía aún. A nadie se le había ocurrido regalar direcciones de correo electrónico y, entonces, apareció Hotmail y otros tantos servicios que han fenecido. Tal vez porque esos servicios no fueron comprados por una gran corporación como Microsoft que pudo monetizarlo y hasta lograrlo lo aguantó con fondos de otros negocios. Todavía recuerdo la sorpresa de recibir un email avisándome que estaban muy contentos por tal transacción.Así las cosas, siendo un usuario tan añejo del servicio, no tuve que escoger una dirección del estilo marcos6538@hotmail.com. Tengo una dirección que no voy a poner aquí porque prefiero el pseudonimato y porque, como voy a explicar, me disputa, con insistencia, alguien en el país limítrofe.

Todo empezó con unos correos en portugués de una cadena de zapaterías alentándome a comprar calzado y dirgiéndose a mí por mi muy poco exclusivo nombre de pila. Pensé que era el correo basura de siempre.

Me equivocaba.

Poco tiempo después una casa de repuestos para autos de San Pablo, me envió una factura  e indicaciones para efectuar un pago. Un ardid para que meta una tarjeta de crédito, pensé.

Pero no era mi tarjeta de crédito. Era para que Marcos pasara su Mastercard Cartao LUIZA, puesto que también comencé a recibir los resúmenes aún cuando no tuviera ningún interés en verlos y, mucho menos, en pagarlos.

La cuestión financiera se empezó a poner medio compleja cuando mi tocayo dejó de pagarle la hipoteca al Banco Itaú y la institución financiera decidió tenderme boletas para imprimir y depositar el capital e intereses adeudados.

Me sorprendió que un prestigioso docente universitario, formador de especialistas en diagnósticos por imágenes no prestara atención a sus obligaciones financieras pero, por supuesto, el cuidado de la salud y la vida es una tarea superior que eclipsa otras ocupaciones menores. Quizás por eso, sus alumnos me comenzaron a enviar sus trabajos prácticos y revisiones de exámenes para que los corrigiera. Hice lo que pude. Traté incluso de responder a los estudiantes en inglés porque el español no les agradaba. Pero, por sobre todas la cosas, mi nivel de ignorancia los desconcertaba.

Luego de un tiempo de relativa calma, de repente, me enteré de que estaba tratando de darme de alta en Uber, como conductor. Me inquietó descubrir que un profesional de la salud estuviera tratando de conseguir una fuente de ingresos precaria. Al mismo tiempo esto encajaba con las deudas que me agobiaban.

La gente de Uber, parecía molesta porque yo no subía mi registro de conducir. Creo, porque el portugués es incomprensible. Mi falta de respuesta los irritó al punto de reclamármelo todos los días bajo amenaza de bloquearme la cuenta primero e intentar seducirme prometiéndome una vacuna contra el COVID19 si me plegaba a sus filas esenciales.

Por suerte, hoy la fortuna ha golpeado a mi puerta y tengo en mis manos la documentación de la venta de cabezas de ganado de mis  campos.

El correo electrónico ha traído, una vez más la prosperidad y la tranquilidad a mi vida en el sur del Brasil.

Ordem e progresso.

En la escuela había tres hermanos. Dos chicos y chica. Los tres eran más grandes que yo.

La piba no llamaba mucho la atención. Pero sus hermanos jugaban todo el tiempo a la pelota en los recreos. No sé si bien. Nunca ha sido el fútbol mi chispa adecuada, como diría Bunbury. Pero jugaban. Casi con desesperación. A uno de ellos lo ví jugar con una pierna enyesada.

Una tarde de 1979. No hacía frío, así que debía estar terminando el invierno. Imaginemos cualquier día hábil porque sólo recuerdo que eran las cinco y cuarto de la tarde, que habíamos cantado y arriado rigurosamente la bandera pero la directora del colegio no nos indicó que nos fuéramos.

A su lado había un muchacho. Menudo, casi delgado, con unos rulos negros que, me parece, no le dejaban usar a sus hermanos. Con quiénes tenía un parecido que a mí me parecía asombroso. Aunque su tez era más pálida, como si lo asustara la situación.

Enfundado en un pantalón de gimnasia y una camperita con un gallito que me desconcertaba -como toda la ocasión- nos miraba como sin saber que hacer.

Había venido, excepcionalmente, a buscar a sus hermanos y, sospecho, no imaginaba que la señora directora fuera a convertir el asunto en un evento público.

Voy a ser honesto. No recuerdo que palabras rectoras nos dejó. Todavía no se le había escapado a nadie una tortuga ni nadie nos habían cortado las piernas. También es cierto que aún no le habían pedido que oficiara de deidad. Faltaba poco.

Hace un par de días, cuando, pobrecito, se murió luego de varios amagues, alguien rescató la idea de (creo) Fontanarrosa: “No importa lo que hiciste de tu vida, importa lo que hiciste con la mía” y también escuché a Dolina pensar en voz alta la idea de que este tipo era, de algún modo, familiar de todos.

¿Quién sabe? Tal vez es cierto que, de alguna manera, que imagino involuntaria, se las arregló para tocarnos a todos. Incluso mí que me aburro cuando veo un partido de fútbol.

Así las cosas,sin querer, las noticias, me empujaron a ese patio en el que, notablemente, consigo recordarlo, cosa que no ocurre con la veintena de chicos que estaban conmigo. Un puñado son amigos entrañables pero otros se han ido de mi memoria.

Creo que es entendible. Detuvo el tiempo en la escuela. Él, sin pensarlo, prolongó cinco minutos mi infancia.

Debía hacer falta jugar un poco más. Un alargue.

Diego

3 abril, 2020

No es el momento que retrata la foto. Es lo que pasa mucho antes y mucho después.

No es él, que está flotando en el aire. Soy yo que estoy clavado en el suelo.

No es él que viene corriendo desde que se levantó del pupitre que compartíamos. Soy yo que de repente estoy sentado ahí de nuevo.

No es que la última vez que nos vimos el mundo era gigante. Es que ahora es muy pequeño.

No es que en estos años nos hayamos buscado. Es que la ola de su ausencia me encontró.

No son todas las alabanzas de aquellos que vieron la carrera. Soy yo que no lo hice y lo recordaba entrañablemente.

No es la foto. Soy yo que me quedo mirándola.

Sueño de aislamiento.

28 marzo, 2020

Salgo del dormitorio.

Me topo con una de mis cuñadas. No debiera estar allí. Se supone que estamos en cuarentena para que un virus que se especializaba en resfríos no nos mate ahora que parece que, del otro lado del mundo, toman sopa de murciélagos con banana porque no tienen choripanes. Choripanes con un chorizo de puro cerdo y un crocante pan francés. Un Felipe o un flautita, que por cierto suenan más a panes españoles.

Españoles que se están muriendo como moscas mientras escribo así que no sé si quedará alguno para amasar pan.

Además de mi cuñada hay mucha gente. No los conozco a todos pero está mi amigo Gustavo a quien conozco y reconozco desde hace tres décadas. Pienso que tiene una hija pequeñita y no debería hacer esta tontería de tumulto en mi casa. Que nos vamos a enfermar todos.

La puerta del departamento chorizo está abierta y veo pasar en dirección a la calle a Topa, el conductor de programas ifnantiles usando un vestido de novia amarillo. Me doy cuenta de que estoy perdiendo la razón.

Me abraza Ariel, mi amigo de la infancia, contento de haber venido al cumpleaños de mi mujer. Lo miro ente contento y azorado.

Me doy vuelta y entre toda la gente aparece Ángela, empujando a un pibe de unos veinte años que no conozco. Lo conmina a presentarme a su novia.

Ángela, mi abuela, disculpen las omisiónes, está muerta. Pero esto no parece ser motivo para reprender a quien podría ser un bisnieto.

Aparece un chica alta, delgada y resuelta me estampa un beso en la mejilla. No entiendo su nombre cuando se presenta. Es pálida, transparente, tiene unos anteojos de esos que exageran los extremos hacia arriba y los lados. Como los de Eugenia Zicavo, pero no está recomendando libros. Y debe estar muerta como mi abuela pero no se resigna. Tenerla cerca es inquietante.

Me despierto.

Mejor no hablemos de cuanto falta para el cumpleaños de mi mujer.

Ivana

2 febrero, 2020

Sueño.
Llega Ivana al bar.
Se sienta frente a mí. Está triste. Puedo verlo en sus ojos oscuros.
Le tomo la mano que tiene sobre la mesa tratando de hacerla sentir mejor. ¿Es un instinto? No sé.
Espero que hable. No me dice nada. Sus ojos no se terminan de humedecer nunca.
Su rostro se tuerce en una mueca de dolor. Sigue sin decir nada.
El mozo nos interrumpe. Se de cuenta de su desatino. Promete volver luego.
Ella sigue a punto de llorar o de decir.
Espero sin saber que sucede.
Me despierto.
No conozco a Ivana.

La Guerra de las Galaxias

22 diciembre, 2019

Hace mucho, mucho tiempo atrás, en una galaxia en la que no había ni televisión a color, las películas se veían en el cine.

Al menos las películas enteras, porque en ese mundo había otra cosa que parece de esta época en la que todo es breve: las ediciones de películas en el formato de 8 mm.

Unos rollos de unos veinte minutos para ser proyectados con un dispositivo hogareño. Un dispositivo que, en ese planeta desértico sin videocasetera, sólo era portado por fuerzas misteriosas hasta las celebraciones de cumpleaños de niños afortunados.

Esos rollos no podían, de ninguna manera, por su breve duración, llevar al cumpleaños de tu compañero del jardín de infantes una película tal y como se había visto en el cine así que se editaban conjuntos de escenas seleccionadas que no superaban la limitación de esos veinte minutos del rollo.

Así las cosas, este niño que miró la Pantera Rosa en un televisor en blanco y negro empezó a ver en esas celebraciones una serie de montajes inconexos de películas, principalmente de la factoría de Walt Disney, quien llevaba muerto poco más de una década y aún no era el dueño del mundo.

No puedo precisar en cual de estas celebraciones, ví esa nave interminable saliendo del borde superior de la pantalla, a la caza de la nave de Leia. Ni cuando fue que ví vagar a esos robots por el desierto. O cuando vi entrar, por primera vez a Darth Vader con sus ojos muertos y su respiración mecánica.

Pero fue sin dudas en uno de esos rollos de historias incompletas que me topé por primera vez con una de esas cosas que me iban a permitir participar de la cultura popular.

No puedo recordar cuando pude saber cuál era el destino de Obi Wan Kenobi en el duelo con Darth Vader. El rollo siempre terminaba cuando se iniciaba el duelo para que Luke y sus amigos pudieran concluir el rescate de esa Princesa que, por cierto, no parecía necesitar que la rescaten.

Así mientras unos niños se iban a comer la torta, otros nos quedábamos estupefactos, pues habíamos visto una ventana a algo que no sabíamos que nos acompañaría durante un largo, largo tiempo.

Sospecho que completé la visión del primer largometraje en la televisión, aunque no creo que con una videocasetera. No conocí una hasta dos años después del “Regreso del Jedi” , película que, ciertamente, ví en el cine, pues conseguí que mi madre me lleve.

Cómo rellené el hueco de “El imperio contraataca” no lo recuerdo con claridad están todas las posibilidades que van del cine al VHS. Si en esta historia hay gente que no sabe quien es su padre, creo que esta imprecisión se me puede perdonar.

Entonces la historia se quedó ahí. En unos juguetes que mi madre regaló a otros niños impidiendo que hoy yo sea millonario (quizás no tanto). En un videoclub (es cierto, existieron). En la televisión.

Hasta que un día, en 1997, en un cine, dispuesto a ver una película , de esas para adultos, sin Jawas , veinte años, después de ir a ver como un niño sopla las velitas sin saber que Kenobi ha burlado a Vader uniéndose a la fuerza, veo a Han Solo junto a Jabba al pie del Halcón Milenario.

George Lucas acababa de comenzar la discutible costumbre de retocar sus más queridas películas. Y las iban a volver a proyectar en salas de cine. Perdí la razón y conseguí arrastrar a mi compañera a una función del episodio IV.

No me daba cuenta de que algo más grande estaba pasando. Nos iban a contar esa historia que apenas se vislumbraba en la guarida del viejo Ben y en la confesión de Vader que, ciertamente, es el nudo de todo este asunto: una historia de la búsqueda de nuestros orígenes. Una historia acerca del encuentro y desencuentro con una padre, una madre, un guía. Para seguirlo. Para negarlo. Para redimirlo, tal vez.

En 1999 descargué, por una conexión dial up a Internet, el primer tráiler del Episodio I. No existía YouTube y hasta ese momento, los trailers de la películas se veían más en el cine que en las computadoras que las personas tienen en sus casas. Nunca más sería así. Millones de personas hicieron lo mismo que yo.

Fuí al cine dos veces. Créase o no, la primera vez se prendió fuego la película. Por suerte no terminamos como en Cinema Paradiso aunque ahora en lugar de un cine hay una hamburguesería de cadena. Tal vez los maldije.

El pliegue comenzaba a abrirse y ví a un niño esclavizado y sin padre dar los primeros pasos. El tono, por momentos era un poco estridente y se había perdido el aspecto de “futuro usado” pero nunca había visto a un Jedi en su esplendor ni había visto tantas cosas al mismo tiempo en la pantalla. Estaba fascinado de nuevo.

Tres años después, convertido en padre fuí al cine solo a ver el “Ataque de los Clones” comenzando una costumbre que, a veces, continúa: la chispa que encenderá una rebelión no siempre es la adecuada para todos, diría Bunbury. Aunque también estaba el asunto de ir al cine con una beba. ¡Y qué se prenda fuego la película!

Ví a ese niño convertirse en un joven atormentado, primero por la distancia y luego por la pérdida de su madre. Ví como se desata a una guerra (de los clones) que sólo era un ornamento en una línea pronunciada por Alec Guinness ¡veintidós años atrás!.

Tres años después, en uno de los años más complicados de nuestras vidas, mi hermano consiguió entradas para el estreno de “La venganza de los Sith”, y creo, que por primera vez ví gente entrando disfrazada o con sables láser a un cine.

Yo, después de ver a Darth Vader de nuevo más de dos décadas después y de volver a ver los dos soles de Tatooine salí del cine como si se hubiera completado algo que había quedado pendiente.

Por supuesto, emergí del episodio presuntamente final, decidido a que mi sucesora gobernara conmigo la galaxia y DVD mediante hice que una niña de poco más de cuatro años viera las seis películas. Por cierto, mi hermano me regaló una linda cajita con la trilogía clásica que atesoro.

En 2008, por primera vez fuí al cine a ver una película de Star Wars con mi hija: “Star Wars Clone Wars” que era un montaje de los primeros episodios de una serie de animación que cuenta esa guerra de los clones ¡Y que todavía no terminó!

Por supuesto que no la obligué a mirar todas las temporadas de la serie, pero tampoco voy a desmentir que lo intenté. Sobre todo cuando apareció Netflix. Aunque si van a incurrir en la exageración de ver más allá de las películas, recomiendo ver Star Wars Rebels.

Cuando el ratón dueño de todo esto decidió que había que contar más de la historia me quedé perplejo. Por supuesto compré entradas con anticipación y terminé en la medianoche de un miércoles con un amigo y mi hermano rodeado de graciosos que le decían a el empleado de Starbucks que se llamaban Darth Vader. Mi hija no pudo venir. Tenía que rendir una materia de primer año del secundario.

Volvimos al cine unos días después en un horario más compatible con la escolaridad . Dos hermanos. Dos primas.

Comenzaba una locura que después de “Solo” en 2018 (que a mí me gustó) y su pobre resultado económico se detuvo: una película de Star Wars por año hasta el fin de los tiempos o el colapso de la galaxia.

Diciembre de 2016 me encontró haciendo esta locura de ir al cine a la medianoche para que nadie te cuente Rogue One. Esta vez el colegio no fue obstáculo para mi padawan.

Al año siguiente, ir al cine a ver “The Last Jedi” fue nuevamente una ceremonia esperada y creo que, al menos, para mí que no conseguí nunca conectarme con cosas como el fútbol, cuando Luke emerge ileso en la batalla de Crait ante la mirada enloquecida de su sobrino, yo creo que sentí algo que debe parecerse a un gol en la final de una copa del mundo. Y luego, unos momentos después, cuando se produce su partida debo haber sentido que un poco de mi historia se iba por ahí. Sospecho que la de otros también.

Luego tropezamos con las dificultades, como dije, para facturar de “Solo”, que fue una historia pequeña para que dos hermanos vayan al cine con sus hijas y coman hamburguesas.

Hay algo de poesía en que la historia de un contrabandista insolvente no consiga dinero suficiente para seguir apareciendo en sus propias películas ¿no?

Y llego al final de esta historia con la que los he estado aburriendo. A un miércoles en el que necesito dormir una hora antes de ir al cine a la medianoche con una chica que acaba de terminar el colegio secundario sólo unos días atrás. A la que fuí a buscar al amanecer del lunes a una discoteca en la costanera.

Me despierto. Son las once de la noche. Nos subimos al auto.

Mi hija se lamenta. Me dice que ya no vamos a tener una película al año para ir al cine juntos. Le digo que ya encontraremos algo. Que no se preocupe.

En otra mesa hay unos tipos que se cuentan planes para los próximos días y convienen que van a hacer tal o cual cosa describiendo su actitud con tres adjetivos. Asi uno de los tipos le cuenta a los otros, por ejemplo, que va a llevar a una chica a un recital de Serrat y que piensa ser “vulnerable, amoroso e intenso” en la ocasión.

La discusión se amplia a una chica que hace una video llamada. Me dan miedo.
Otro dice que va a ser “seguro, decidido y arriesgado” y va a ahorrar una cantidad de dinero antes de próximo domingo.
¿Que carajo hacen?
¿Es una religión?
“Arriesgado valiente y seguro “dice ahora, prometiendo tomar clases de baile.
Hablan de” enrolar”.
Para mí que son una secta.

Me están mirando.

La última escena del guión.

23 noviembre, 2019

Wandafuru raifu (1998) https://www.imdb.com/title/tt0165078/

Gordon Shumway, durante su estadía en este planeta, manifestó su asombro por un hecho que todos los terrestres naturalizamos: No conocemos con certeza el momento en el que ocurrirá nuestra muerte.

La biología de los nativos de Melmac, aprendimos de Shumway, en contrario sentido fija la fecha de deceso exactamente a seiscientos años a partir del nacimiento.

Tal cosa no es vivida con temor. Muy por el contrario, la certidumbre redunda en la inexistencia de angustia frente a la muerte.

La sorpresa de Shumway resultó aún mayor, cuando entendió que aquí preferimos obviar a diario que tendremos un último día para sobrellevar la certeza de que eso vendrá.

En la cosmovisión melmaciana la muerte ocurre como un evento casi sin conexión con el recorrido, una imposición temporal y no causal pero en nuestro mundo la muerte, aún negada, es un paso es un recorrido.

En ese recorrido, acciones voluntarias, involuntarias y el contexto, desencadenan acontecimientos que construyen una cadena causal.

Esa cadena causal y la medida de sus tiempos es neurótica e invisibilizante. Medimos el tiempo en vueltas al sol, le ponemos a los días nombres que se repiten y como pedimos pizza una vez por semana, pensamos que los viernes son todos la misma cosa. Y así escondemos el final de las cosas comiendo empanadas.

Asi las cosas, no sabemos si ese café con leche será el último de la vida.

No sé si quiero saber en qué momento me voy a morir. Me alcanza con hacerlo cuando haya logrado hacer lo que Obi Wan Kenobi hizo por Luke Skywalker.

Sin embargo y, en ese mismo sentido, a veces me gustaría saber que tan cerca estoy de lograrlo advirtiendo cuando estoy haciendo algo por última vez.

En el último lustro, la cadena causal o casual, me puso cinco noches a la semana en la esquina del colegio esperando a mi hija. Ha sido arduo. Pero ha sido un viaje. Nuestro viaje. En realidad, su viaje.

He tenido, en estos años, las mas importantes conversaciones de mi vida mientras manejaba hacia casa.

Entre recuperatorios y exámenes la rutina se rompió hace unos días cuando terminó la cursada pero tengo esperanzas de poder ir una vez más a la salida de algún exámen sabiendo, claro, que esa será la última vez para no olvidarme nunca.

No sé que te pasa cuando te llegan tus seiscientos años, pero me gusta pensar en esto:

En 1998 vi en el cine Wandafuru Raifu.  que en japonés, vaya uno a saber que quiere decir. Acá le pusieron After Life.

En esta película los muertos van a una especie de oficina de admisión en la que eligen un momento de su vida. Los empleados de este limbo producen y filman ese momento de la vida con el protagonista volviendo a actuarla. En el momento en que esa filmación sea proyectada, la persona que la elige quedará suspendida en ese instante por toda la eternidad.

Eso es un cielo y yo ya sé que escena quiero filmar.

Mal lugar para extraviarse

12 noviembre, 2019

Encuentro un gato en casa. No es nuestra mascota. Nuestra gata es negra y este es blanco con manchas marrones. Maulla como si quisiera decir algo. No entiendo bien a la nuestra y este, me parece, debe ser un gato extranjero porque no entiendo nada de lo que parece querer decir.

Me despierto. Es un sueño.

Suena el celular. Es una vecina que nos está enviando una foto del gatito de su hija. Aparentemente se ha ido por los techos del barrio y su pequeña está muy triste porque no vuelve.

Yo sé que el gato se ha aventurado un poco más allá y que ahora lo tengo viviendo dentro de la cabeza.

¿Cómo lo saco?

La de arriba es una foto muy mala de una fachada.

Representa, tal vez, la distancia entre los recuerdos y lo que uno puede recuperar de lo tangible del mundo.

Para mí, cuando niño, la escuela era, sin dudas, el edificio más grande construido por la humanidad. Un lugar en el que esas puertas y ventanas gigantescas a uno le daban la certeza de que era pequeño.

Ahora que el calendario dice que soy adulto, cada tanto, cuando siento el extravío de la la vida vuelvo a pararme en la vereda de enfrente para tratar de encontrar ese lugar gigante de tranquilidad pero sólo veo una construcción que no es tan grande ni majestuosa como recordaba.

Así que no es raro encontrarme ahí, buscándome, una mañana de Navidad o Año nuevo, mientras todos duermen, mirando esa fachada, tratando de entender alguna cosa que se me escapa del mundo.

Por un momento tengo la sensación de que estoy haciendo una tontería. Luego intento llevarme una imagen de esa escuelita y algo sucede cada vez que lo intento: Es imposible tomar una fotografía. No puedo apretarla en el encuadre. Es gigante.

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