Sombra

8 noviembre, 2022

Yo debería haber sabido que decir.

Por un lado sabía hace un rato que iba a suceder. Por el otro, de los dos, siempre el que pudo hablar fui yo porque ella era una gata.

Pero la muerte es una forma de amputación. Una en la que el amputado es el que se queda y no quien se va.

A mí, por ejemplo, a esta hora, me están creciendo de nuevo las palabras que se me fueron pegadas a ese pequeño cuerpo, pero no me crece y siento como miembro fantasma en la punta de los dedos su pelaje alguna vez negro y algo descolorido hacia el final. Las yemas de los dedos me vibran con un ronroneo que ya no se escucha.

Unas pequeñas y frágiles patas me rodean el antebrazo en un improbable abrazo dado por alguien que no pudo nunca rodear mi torso.

Pero es un fantasma. Un eco. La reverberación del golpe que nos apartó finalmente. 

Así que aunque la siento, no volverá a acechar a mi hija y su madre mientras caminan por la calle una y otra vez durante días. No tomará otra vez la decisión de entrar por la ventana para vivir con nosotros. No me volverán a preguntar si se puede quedar.

No volverá a correr por la vereda con mi hija y sus amigos olvidando las tradiciones de pereza felina.

No volverá a venir a mi encuentro a toda velocidad al abrir la puerta de mi casa en un gesto que nos han hecho creer monopolio de los perros. 

No vendrá asustada en las noches de tormenta a dormir conmigo. 

No presionará su cabeza contra mi frente como queriendo compartir sus secretos. 

No era humana. Pero el vínculo tal vez lo era.

Que su vida haya sido tan breve, comparada con la de las personas se me antoja prueba de la inexistencia de Dios. Aunque por otro lado me gustaría pensar que se ha ido a algún lado. En general, el paraíso viene con alguna divinidad. Aunque yo aceptaría uno donde no la hay pero nos volvemos a ver.

Eso estaría bien.

Medias

16 abril, 2022

Photo by Ryutaro Tsukata on Pexels.com

Llego al lavadero del que me fui la última vez con cierta desazón a razón del anuncio de la pérdida de un zoquete.

A pesar de que, hace unos días, aseguraba que era yo quien no había llevado ambas prendas, hoy, la dueña del comercio me recibió con una sonrisa de triunfo con el zoquete perdido en la mano.

Así las cosas, luego de un chiste acerca de formas de financimiento del consumo masivo subsidiado por el estado nacional, tuve que vovler a mi casa a reorganizar mis medias.

Escenas de desgarro fueron presenciadas en el momento en que el zoquete que regresó solo del envío anterior se despidió de aquellos que han hecho de la vida en desuso solitario su nueva realidad.

Por otro lado la alegría de los calcetines hermanos reencontrados trasuntaba la conmoción propia de quien se reune con el ser amado que vuelve de un conflicto armado. Quizás tras una derrota.

Derrota que no impedirá el regreso al cajón donde conviven con la ropa interior. Cajón en donde proseguirán su vida civil en tiempos de paz y esperanza.

Te sentarás en tu pupitre. Te pedirán que escribas una carta. Es para un chico más grande. Apenas diez años más grande que vos.

La carta deberá ser reconfortante porque, mientras la lee, seguramente tendrá hambre y frío. La carta también deberá ser tranquilizadora porque, mientras la lee, seguramente tiene miedo. La carta deberá ser esperanzadora porque, seguramente, mientras la lee, siente la certidumbre de que no volverá a ver a sus queridos.

Se la entregarás a tu maestro, que imagino, ocultará su mueca de terror y te dirá que todo saldrá bien.

Nunca sabrás si tus cartas llegaron. Nunca sabrá que alguien le escribió.

No volverá.

100.000

15 julio, 2021

Photo by cottonbro on Pexels.com

Nos fascinan los números redondos. Nos permiten esquivar un poco el rigor intrínseco de las matemáticas.

Nos permiten sopesar órdenes de magnitud. Hacemos así cuentas en la cabeza, carentes de precisión y cavilamos acerca del sueldo de tal conocido, cuanto cuesta un auto usado o cuantas gaseosas hacen falta en los mundos en los que las reuniones sociales son posibles.

Les decimos redondos, parece, porque los terminamos con el más extraño de los números pares: el cero.

Y los terminamos con cero porque los múltiplos de diez trasuntan la base de nuestra numeración. Esa base que adoptamos, sin pensar, cuando comenzamos a contar con los dedos de las manos. De ambas manos.

Y así cuando se acabaron los dedos, a alguno se le ocurrió que podíamos usar los dedos de otro para contar las manos de varios más. Y el universo se volvió infinito.

Tan grande se volvió que, a veces, algunos números te hacen sentir que esas manos son inútiles. Que esas manos están vacías.

Tienes un email

2 abril, 2021

No. No voy a hablar de esta película.

Cada tanto aparece el lugar común de que en algún sitio del mundo hay un tipo que es idéntico a uno pero que uno nunca lo conocerá porque, probablemente es un soldado fronterizo pakistaní que, por capricho del universo tiene la mismas cejas frondosas que uno. Y todo lo demás.No sé si es cierto. No lo creo. Pero he descubierto que pasa otra cosa: mientras estamos preocupados por la exclusividad de nuestro rostro, lo que andamos compartiendo es nuestro significante.

Y no me refiero a la zoncera de que hay mucha gente que se llama «Alberto».  Me refiero a que hay gente que tiene tu nombre y el de tu familia. Tu nombre y apellido.

En los años 90, a través de mi cuenta de ICQ, que acabo de descubrir que sigue operativa, encontré a setenta personas con mi nombre y apellido. Todas en Brasil.  En Facebook dejé de contarlos recién en los trescientos. Otra vez, la mayoría son brasileños. La gracia se agota en esa búsqueda. Nunca se me ocurrió escribirle a ninguno.

A ellos tampoco. No directamente.

Teniendo la edad necesaria para haber visto el ascenso, auge y olvido de ICQ, también fui pionero en otra cosa:

Abrir una cuenta de correo electrónico sin pagar por ello. Hubo una época en que el modelo gratuidad Google y su Gmail no existía aún. A nadie se le había ocurrido regalar direcciones de correo electrónico y, entonces, apareció Hotmail y otros tantos servicios que han fenecido. Tal vez porque esos servicios no fueron comprados por una gran corporación como Microsoft que pudo monetizarlo y hasta lograrlo lo aguantó con fondos de otros negocios. Todavía recuerdo la sorpresa de recibir un email avisándome que estaban muy contentos por tal transacción.Así las cosas, siendo un usuario tan añejo del servicio, no tuve que escoger una dirección del estilo marcos6538@hotmail.com. Tengo una dirección que no voy a poner aquí porque prefiero el pseudonimato y porque, como voy a explicar, me disputa, con insistencia, alguien en el país limítrofe.

Todo empezó con unos correos en portugués de una cadena de zapaterías alentándome a comprar calzado y dirgiéndose a mí por mi muy poco exclusivo nombre de pila. Pensé que era el correo basura de siempre.

Me equivocaba.

Poco tiempo después una casa de repuestos para autos de San Pablo, me envió una factura  e indicaciones para efectuar un pago. Un ardid para que meta una tarjeta de crédito, pensé.

Pero no era mi tarjeta de crédito. Era para que Marcos pasara su Mastercard Cartao LUIZA, puesto que también comencé a recibir los resúmenes aún cuando no tuviera ningún interés en verlos y, mucho menos, en pagarlos.

La cuestión financiera se empezó a poner medio compleja cuando mi tocayo dejó de pagarle la hipoteca al Banco Itaú y la institución financiera decidió tenderme boletas para imprimir y depositar el capital e intereses adeudados.

Me sorprendió que un prestigioso docente universitario, formador de especialistas en diagnósticos por imágenes no prestara atención a sus obligaciones financieras pero, por supuesto, el cuidado de la salud y la vida es una tarea superior que eclipsa otras ocupaciones menores. Quizás por eso, sus alumnos me comenzaron a enviar sus trabajos prácticos y revisiones de exámenes para que los corrigiera. Hice lo que pude. Traté incluso de responder a los estudiantes en inglés porque el español no les agradaba. Pero, por sobre todas la cosas, mi nivel de ignorancia los desconcertaba.

Luego de un tiempo de relativa calma, de repente, me enteré de que estaba tratando de darme de alta en Uber, como conductor. Me inquietó descubrir que un profesional de la salud estuviera tratando de conseguir una fuente de ingresos precaria. Al mismo tiempo esto encajaba con las deudas que me agobiaban.

La gente de Uber, parecía molesta porque yo no subía mi registro de conducir. Creo, porque el portugués es incomprensible. Mi falta de respuesta los irritó al punto de reclamármelo todos los días bajo amenaza de bloquearme la cuenta primero e intentar seducirme prometiéndome una vacuna contra el COVID19 si me plegaba a sus filas esenciales.

Por suerte, hoy la fortuna ha golpeado a mi puerta y tengo en mis manos la documentación de la venta de cabezas de ganado de mis  campos.

El correo electrónico ha traído, una vez más la prosperidad y la tranquilidad a mi vida en el sur del Brasil.

Ordem e progresso.

En la escuela había tres hermanos. Dos chicos y chica. Los tres eran más grandes que yo.

La piba no llamaba mucho la atención. Pero sus hermanos jugaban todo el tiempo a la pelota en los recreos. No sé si bien. Nunca ha sido el fútbol mi chispa adecuada, como diría Bunbury. Pero jugaban. Casi con desesperación. A uno de ellos lo ví jugar con una pierna enyesada.

Una tarde de 1979. No hacía frío, así que debía estar terminando el invierno. Imaginemos cualquier día hábil porque sólo recuerdo que eran las cinco y cuarto de la tarde, que habíamos cantado y arriado rigurosamente la bandera pero la directora del colegio no nos indicó que nos fuéramos.

A su lado había un muchacho. Menudo, casi delgado, con unos rulos negros que, me parece, no le dejaban usar a sus hermanos. Con quiénes tenía un parecido que a mí me parecía asombroso. Aunque su tez era más pálida, como si lo asustara la situación.

Enfundado en un pantalón de gimnasia y una camperita con un gallito que me desconcertaba -como toda la ocasión- nos miraba como sin saber que hacer.

Había venido, excepcionalmente, a buscar a sus hermanos y, sospecho, no imaginaba que la señora directora fuera a convertir el asunto en un evento público.

Voy a ser honesto. No recuerdo que palabras rectoras nos dejó. Todavía no se le había escapado a nadie una tortuga ni nadie nos habían cortado las piernas. También es cierto que aún no le habían pedido que oficiara de deidad. Faltaba poco.

Hace un par de días, cuando, pobrecito, se murió luego de varios amagues, alguien rescató la idea de (creo) Fontanarrosa: «No importa lo que hiciste de tu vida, importa lo que hiciste con la mía» y también escuché a Dolina pensar en voz alta la idea de que este tipo era, de algún modo, familiar de todos.

¿Quién sabe? Tal vez es cierto que, de alguna manera, que imagino involuntaria, se las arregló para tocarnos a todos. Incluso mí que me aburro cuando veo un partido de fútbol.

Así las cosas,sin querer, las noticias, me empujaron a ese patio en el que, notablemente, consigo recordarlo, cosa que no ocurre con la veintena de chicos que estaban conmigo. Un puñado son amigos entrañables pero otros se han ido de mi memoria.

Creo que es entendible. Detuvo el tiempo en la escuela. Él, sin pensarlo, prolongó cinco minutos mi infancia.

Debía hacer falta jugar un poco más. Un alargue.

Diego

3 abril, 2020

No es el momento que retrata la foto. Es lo que pasa mucho antes y mucho después.

No es él, que está flotando en el aire. Soy yo que estoy clavado en el suelo.

No es él que viene corriendo desde que se levantó del pupitre que compartíamos. Soy yo que de repente estoy sentado ahí de nuevo.

No es que la última vez que nos vimos el mundo era gigante. Es que ahora es muy pequeño.

No es que en estos años nos hayamos buscado. Es que la ola de su ausencia me encontró.

No son todas las alabanzas de aquellos que vieron la carrera. Soy yo que no lo hice y lo recordaba entrañablemente.

No es la foto. Soy yo que me quedo mirándola.

Sueño de aislamiento.

28 marzo, 2020

Salgo del dormitorio.

Me topo con una de mis cuñadas. No debiera estar allí. Se supone que estamos en cuarentena para que un virus que se especializaba en resfríos no nos mate ahora que parece que, del otro lado del mundo, toman sopa de murciélagos con banana porque no tienen choripanes. Choripanes con un chorizo de puro cerdo y un crocante pan francés. Un Felipe o un flautita, que por cierto suenan más a panes españoles.

Españoles que se están muriendo como moscas mientras escribo así que no sé si quedará alguno para amasar pan.

Además de mi cuñada hay mucha gente. No los conozco a todos pero está mi amigo Gustavo a quien conozco y reconozco desde hace tres décadas. Pienso que tiene una hija pequeñita y no debería hacer esta tontería de tumulto en mi casa. Que nos vamos a enfermar todos.

La puerta del departamento chorizo está abierta y veo pasar en dirección a la calle a Topa, el conductor de programas ifnantiles usando un vestido de novia amarillo. Me doy cuenta de que estoy perdiendo la razón.

Me abraza Ariel, mi amigo de la infancia, contento de haber venido al cumpleaños de mi mujer. Lo miro ente contento y azorado.

Me doy vuelta y entre toda la gente aparece Ángela, empujando a un pibe de unos veinte años que no conozco. Lo conmina a presentarme a su novia.

Ángela, mi abuela, disculpen las omisiónes, está muerta. Pero esto no parece ser motivo para reprender a quien podría ser un bisnieto.

Aparece un chica alta, delgada y resuelta me estampa un beso en la mejilla. No entiendo su nombre cuando se presenta. Es pálida, transparente, tiene unos anteojos de esos que exageran los extremos hacia arriba y los lados. Como los de Eugenia Zicavo, pero no está recomendando libros. Y debe estar muerta como mi abuela pero no se resigna. Tenerla cerca es inquietante.

Me despierto.

Mejor no hablemos de cuanto falta para el cumpleaños de mi mujer.

Ivana

2 febrero, 2020

Sueño.
Llega Ivana al bar.
Se sienta frente a mí. Está triste. Puedo verlo en sus ojos oscuros.
Le tomo la mano que tiene sobre la mesa tratando de hacerla sentir mejor. ¿Es un instinto? No sé.
Espero que hable. No me dice nada. Sus ojos no se terminan de humedecer nunca.
Su rostro se tuerce en una mueca de dolor. Sigue sin decir nada.
El mozo nos interrumpe. Se de cuenta de su desatino. Promete volver luego.
Ella sigue a punto de llorar o de decir.
Espero sin saber que sucede.
Me despierto.
No conozco a Ivana.

La Guerra de las Galaxias

22 diciembre, 2019

Hace mucho, mucho tiempo atrás, en una galaxia en la que no había ni televisión a color, las películas se veían en el cine.

Al menos las películas enteras, porque en ese mundo había otra cosa que parece de esta época en la que todo es breve: las ediciones de películas en el formato de 8 mm.

Unos rollos de unos veinte minutos para ser proyectados con un dispositivo hogareño. Un dispositivo que, en ese planeta desértico sin videocasetera, sólo era portado por fuerzas misteriosas hasta las celebraciones de cumpleaños de niños afortunados.

Esos rollos no podían, de ninguna manera, por su breve duración, llevar al cumpleaños de tu compañero del jardín de infantes una película tal y como se había visto en el cine así que se editaban conjuntos de escenas seleccionadas que no superaban la limitación de esos veinte minutos del rollo.

Así las cosas, este niño que miró la Pantera Rosa en un televisor en blanco y negro empezó a ver en esas celebraciones una serie de montajes inconexos de películas, principalmente de la factoría de Walt Disney, quien llevaba muerto poco más de una década y aún no era el dueño del mundo.

No puedo precisar en cual de estas celebraciones, ví esa nave interminable saliendo del borde superior de la pantalla, a la caza de la nave de Leia. Ni cuando fue que ví vagar a esos robots por el desierto. O cuando vi entrar, por primera vez a Darth Vader con sus ojos muertos y su respiración mecánica.

Pero fue sin dudas en uno de esos rollos de historias incompletas que me topé por primera vez con una de esas cosas que me iban a permitir participar de la cultura popular.

No puedo recordar cuando pude saber cuál era el destino de Obi Wan Kenobi en el duelo con Darth Vader. El rollo siempre terminaba cuando se iniciaba el duelo para que Luke y sus amigos pudieran concluir el rescate de esa Princesa que, por cierto, no parecía necesitar que la rescaten.

Así mientras unos niños se iban a comer la torta, otros nos quedábamos estupefactos, pues habíamos visto una ventana a algo que no sabíamos que nos acompañaría durante un largo, largo tiempo.

Sospecho que completé la visión del primer largometraje en la televisión, aunque no creo que con una videocasetera. No conocí una hasta dos años después del «Regreso del Jedi» , película que, ciertamente, ví en el cine, pues conseguí que mi madre me lleve.

Cómo rellené el hueco de «El imperio contraataca» no lo recuerdo con claridad están todas las posibilidades que van del cine al VHS. Si en esta historia hay gente que no sabe quien es su padre, creo que esta imprecisión se me puede perdonar.

Entonces la historia se quedó ahí. En unos juguetes que mi madre regaló a otros niños impidiendo que hoy yo sea millonario (quizás no tanto). En un videoclub (es cierto, existieron). En la televisión.

Hasta que un día, en 1997, en un cine, dispuesto a ver una película , de esas para adultos, sin Jawas , veinte años, después de ir a ver como un niño sopla las velitas sin saber que Kenobi ha burlado a Vader uniéndose a la fuerza, veo a Han Solo junto a Jabba al pie del Halcón Milenario.

George Lucas acababa de comenzar la discutible costumbre de retocar sus más queridas películas. Y las iban a volver a proyectar en salas de cine. Perdí la razón y conseguí arrastrar a mi compañera a una función del episodio IV.

No me daba cuenta de que algo más grande estaba pasando. Nos iban a contar esa historia que apenas se vislumbraba en la guarida del viejo Ben y en la confesión de Vader que, ciertamente, es el nudo de todo este asunto: una historia de la búsqueda de nuestros orígenes. Una historia acerca del encuentro y desencuentro con una padre, una madre, un guía. Para seguirlo. Para negarlo. Para redimirlo, tal vez.

En 1999 descargué, por una conexión dial up a Internet, el primer tráiler del Episodio I. No existía YouTube y hasta ese momento, los trailers de la películas se veían más en el cine que en las computadoras que las personas tienen en sus casas. Nunca más sería así. Millones de personas hicieron lo mismo que yo.

Fuí al cine dos veces. Créase o no, la primera vez se prendió fuego la película. Por suerte no terminamos como en Cinema Paradiso aunque ahora en lugar de un cine hay una hamburguesería de cadena. Tal vez los maldije.

El pliegue comenzaba a abrirse y ví a un niño esclavizado y sin padre dar los primeros pasos. El tono, por momentos era un poco estridente y se había perdido el aspecto de «futuro usado» pero nunca había visto a un Jedi en su esplendor ni había visto tantas cosas al mismo tiempo en la pantalla. Estaba fascinado de nuevo.

Tres años después, convertido en padre fuí al cine solo a ver el «Ataque de los Clones» comenzando una costumbre que, a veces, continúa: la chispa que encenderá una rebelión no siempre es la adecuada para todos, diría Bunbury. Aunque también estaba el asunto de ir al cine con una beba. ¡Y qué se prenda fuego la película!

Ví a ese niño convertirse en un joven atormentado, primero por la distancia y luego por la pérdida de su madre. Ví como se desata a una guerra (de los clones) que sólo era un ornamento en una línea pronunciada por Alec Guinness ¡veintidós años atrás!.

Tres años después, en uno de los años más complicados de nuestras vidas, mi hermano consiguió entradas para el estreno de «La venganza de los Sith», y creo, que por primera vez ví gente entrando disfrazada o con sables láser a un cine.

Yo, después de ver a Darth Vader de nuevo más de dos décadas después y de volver a ver los dos soles de Tatooine salí del cine como si se hubiera completado algo que había quedado pendiente.

Por supuesto, emergí del episodio presuntamente final, decidido a que mi sucesora gobernara conmigo la galaxia y DVD mediante hice que una niña de poco más de cuatro años viera las seis películas. Por cierto, mi hermano me regaló una linda cajita con la trilogía clásica que atesoro.

En 2008, por primera vez fuí al cine a ver una película de Star Wars con mi hija: «Star Wars Clone Wars» que era un montaje de los primeros episodios de una serie de animación que cuenta esa guerra de los clones ¡Y que todavía no terminó!

Por supuesto que no la obligué a mirar todas las temporadas de la serie, pero tampoco voy a desmentir que lo intenté. Sobre todo cuando apareció Netflix. Aunque si van a incurrir en la exageración de ver más allá de las películas, recomiendo ver Star Wars Rebels.

Cuando el ratón dueño de todo esto decidió que había que contar más de la historia me quedé perplejo. Por supuesto compré entradas con anticipación y terminé en la medianoche de un miércoles con un amigo y mi hermano rodeado de graciosos que le decían a el empleado de Starbucks que se llamaban Darth Vader. Mi hija no pudo venir. Tenía que rendir una materia de primer año del secundario.

Volvimos al cine unos días después en un horario más compatible con la escolaridad . Dos hermanos. Dos primas.

Comenzaba una locura que después de «Solo» en 2018 (que a mí me gustó) y su pobre resultado económico se detuvo: una película de Star Wars por año hasta el fin de los tiempos o el colapso de la galaxia.

Diciembre de 2016 me encontró haciendo esta locura de ir al cine a la medianoche para que nadie te cuente Rogue One. Esta vez el colegio no fue obstáculo para mi padawan.

Al año siguiente, ir al cine a ver «The Last Jedi» fue nuevamente una ceremonia esperada y creo que, al menos, para mí que no conseguí nunca conectarme con cosas como el fútbol, cuando Luke emerge ileso en la batalla de Crait ante la mirada enloquecida de su sobrino, yo creo que sentí algo que debe parecerse a un gol en la final de una copa del mundo. Y luego, unos momentos después, cuando se produce su partida debo haber sentido que un poco de mi historia se iba por ahí. Sospecho que la de otros también.

Luego tropezamos con las dificultades, como dije, para facturar de «Solo», que fue una historia pequeña para que dos hermanos vayan al cine con sus hijas y coman hamburguesas.

Hay algo de poesía en que la historia de un contrabandista insolvente no consiga dinero suficiente para seguir apareciendo en sus propias películas ¿no?

Y llego al final de esta historia con la que los he estado aburriendo. A un miércoles en el que necesito dormir una hora antes de ir al cine a la medianoche con una chica que acaba de terminar el colegio secundario sólo unos días atrás. A la que fuí a buscar al amanecer del lunes a una discoteca en la costanera.

Me despierto. Son las once de la noche. Nos subimos al auto.

Mi hija se lamenta. Me dice que ya no vamos a tener una película al año para ir al cine juntos. Le digo que ya encontraremos algo. Que no se preocupe.

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