Pequeña reflexión tras el milagro de la resistencia desarmada.

8 mayo, 2011

Desde que Obama nos aviso que el mundo es un lugar más seguro porque un estado se toma la atribución de retribuir un crimen por otro me pregunto cuál será el valor intrínseco agregando de esta situación.
¿Está en el hecho de que pone correcta dimensión del premio Nobel de la Paz? Un premio que ahora es sostenido por una mano ensangrentada. Tanto o más que la de Bush o del propio Bin Laden.
¿Será que pone de relieve que el poder real en Estados Unidos es el entramado entre las fuerzas armadas y la industria bélica? Un polo económico que prefiere salir de la crisis a sangre y fuego mientras el ciudadano medio hipotecado se queda en la calle.
Me inclino por una tercera: la sinceridad.
Pero una sinceridad brutal, fatal, letal. Una honestidad que permite decir, sin que el rostro se conmueva, que para averiguar el paradero de Osama Bin Laden, se torturó a un hombre. No sólo se lo toturó. Se dice que se lo torturó.
Una macabra sinceridad que permite a un hombre cuyo mérito principal ha sido la acumulación de esperanzas, que el mundo es un sitio mejor porque un asesinato mas se ha llevado a cabo.
No sabemos los detalles que nos permitirían guionar la película, aunque Hollywood la hará, pero a rasgos generales, sabemos que el género humano es un poco peor.
Sepan disculpar si mi razonamiento no es muy claro, pero la realidad me oprime el cerebro con los festejos del norteamericano medio.

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