Barcelona

22 septiembre, 2012

Freddie había apostado todo y había perdido. Su aventura solitaria fuera del regazo Queen no había vendido lo suficiente de ese disco, casi desaparecido llamado Mr. Badguy, en el que la CBS había depositado la esperanza de tomar una tajada de lo que Parlophone y EMI venían gozando al menos una década con la banda de Mercury.

El disco es todo lo que se puede esperar de una estrella de la exageración sin la intervención de sus compañeros de Queen, especialmente de Brian May, a quien, en un gesto de narcisismo irreductible, no solo le agradece en el sobre del álbum, no haber intervenido -al igual que a Roger Taylor y John Deacon- sino que le pide que grabe una pista de una guitarra para She blows hot and cold  para luego hacer que un sesionista lo imite en la versión final y, por si fuera poco, relegar la canción a la cara B de un simple.

Plagado de sintetizadores, una concesión que había hecho Queen en 1980, luego de una década de jactancia acerca de los sonido de la guitarra de May, Mr Badguy, recoge canciones que no encajan en lo que podría pensarse como la casa paterna o materna que fue su banda y aún con resultados heterogéneos, le permite tachar de su lista de deseos varias líneas. Incluída la de grabar con una orquesta completa la canción que da nombre al álbum.

La misma industria discográfica, que le hubiese dado un ejército de enanos castrados para hacer los coros de un simple exitoso, resentida por las ventas, ciertamente, muy modestas del álbum que, irónicamente, hoy es un objeto de colección difícil de encontrar en su edición original, se horrorizó cuando, la propuesta para el segundo álbum resultó ser un proyecto de dúos con una cantante de ópera.

Mercury, probablemente inquieto por la importante demora que acumulaban los enanos castrados, asaltó con uno de sus caprichos de estrella a Jim Beach, su representante, y cuando este creía que haber llevado a Freddie a ver una ópera había calmado su apetito, su estrella le pidió un encuentro con la soprano.

Cuando logró el encuentro -los tipos que lidian con las estrellas siempre se las arreglan, sino vean Get Him to the Greek– Freddie, le hizo escuchar Exercises in free love, lo que se convertiría en la cara B del simple de su cover de The Great Pretender. Y, para completar la serendipia, Monserrat Caballé le preguntó si le daba permiso para cantarla en público.

La petición de Caballé hizo que la confianza eclipsara a la timidez que le provocaba enfrentarse a lo que él consideraba un verdadera estrella  y le sugirió grabar un albúm de música popular juntos. La soprano le preguntó cuántas piezas como las que acaba de escuchar hacían falta para completar el disco y le pidió dos cosas: Que las compusiese y que le dedicara una su ciudad natal.

Así puestas las cosas, CBS y sus responsables entraron en el mencionado estado de terror y se desvincularon del extravagante proyecto que fue finalmente publicado por Polydor.

Aunque el resultado es muy grandilocuente, se nota el contrapeso del pianista y compositor Mike Moran, quien intervino en la composición de prácticamente todo el álbum. Los años transcurridos  desde su anterior intento habían ajustado el ego de Freddie y le pidió a John Deacon que tocara el bajo en How Can I go on.

Quizás esta actitud sutilmente más modesta le impidió obtener lo que esta obra parecía pedir: Músicos del mundo del que venía Caballé. Una orquesta o  un conjunto de cuerdas de cámara.

En su sitio, Moran y Mercury, rodearon las voces del álbum, en general con teclados y máquinas de ritmo que en su momento funcionaron, bastante bien.

Veinticinco años después en una época en la que no se venden discos y que el negocio de la música, la industria decidió darle esa orquesta a la música que parecía pedirla así que le encargaron a Stuart Morley, el hombre que realizó los arreglos de la comedia musical We Will Rock You que se sentara a escuchar el álbum y volviese a grabarlo… con ochenta músicos.

Aunque no es la primera vez que la industria de la música hace algo así. De hecho, a veces, sólo se limita a cambiarle la portada a un disco. Se lo hizo a este en 1992 y ahora mismo. En general las industrias culturales prescinden bastante de la figura del autor y son capaces de publicar cualquier borrador descartado e incluso excederse en las funciones de edición reescribiendo una obra como esta.

Es cierto que, bromas aparte, como la de Woody Allen en las Listas de Metterling, en las que se publican las listas de prendas sucias de un escitor, sin gestos como estos no hubiésemos conocido a Kafka.

El resultado es efectivo, la orquesta lleva al disco unos pasos mas cerca de uno de los mundos que se encuentran en él: el de Caballé.

Me pregunto si la soprano estaba interesada en reescribir esta parte de su obra. No imagino tampoco que tan importante son los registros fonográficos en una rama de la música tan sujeta a la performance. Quizás más que en  el rock.

Lo cierto es que como dice en las notas de la nueva grabación, la única que permanece en catálogo en un orwelliano movimiento de reajuste del pasado, el hombre que hizo esto posible, no está aquí para ver el resultado.

Al menos vio el momento en el que un encuentro entre dos mundos, contra lo que suele suceder, no terminó en aniquilación sino en belleza.

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