Diagnóstico

24 abril, 2013

Tengo un método un poco cuestionable para ponderar la salud mental de las personas.
Lo desarrollé observando a otros pacientes de mi analista.
Cuando me topo con ellos al principio de mi sesión o al retirarme, la cortesía y las buenas costumbres imponen un saludo entre caras conocidas de personas desconocidas.
Ese cruce fugaz no permite  utilización de dos saludos en una secuencia de encuentro y despedida. En la economía de la ocasión, la elección del saludo me resultaba una señal inequívoca del ánimo del sujeto en cuestión.
Así aquellos que se debaten con alguna zozobra optan por el extremo de la despedida eligiendo un “chau”.
Como contrapartida, quienes gozan del beneficio de alguna alegría se dedican al otro extremo de la secuencia y pronuncian un “hola” con cierto inconfesable goce.
Por lo general aconsejo altas y tratamientos más intensivos basado en este método de diagnóstico. Pero, de momento, mi analista no está de acuerdo.
Uso, sin embargo el método para estudiar a la gente. Me corrijo. Lo usaba.
Lo usaba hasta que una mañana, una de esas mañanas en que el mundo se agrieta a manos del criminal menos pensado, alguien puso a prueba el paradigma.
La paternidad me había despertado con la obligación de la escolaridad y esa desconsiderada institución llamada escuela, que se dedica a deformar niños, igual que los padres, pero con fines de lucro, había alquilado un teatro para realizar una actividad a primera hora de los mañana. Una bonita manera, por cuestiones de distancia, de apoderarse de algo de mi tiempo. Esa cosa que no puede recuperarse, como decía Napoleón.
Así las cosas, la pequeña y yo, comenzamos el día en la puerta cerrada del teatro, mientras me preguntaba cuando aparecería alguno de los dependientes de la escuela para poder continuar con mis actividades.
Afortunadamente, llegó su maestro de música y, aunque el tipo le dice a los pibes que su verdadero nombre es George Harrison y que los rumores acerca de su muerte han sido exagerados, yo estaba muy apurado. La dejé a su cuidado y partí a paso veloz.
Fue entonces que sucedió.
Alegre y con floridos estampados, la cuasi jipi maestra de mi hija parecía venir a mi encuentro, pues se dirigía al sitio que acababa de dejar.
Cuando la tuve lo suficientemente cerca, el alivio de saber que mi hija ya no estaría al cuidado del Beatle silencioso, se convirtió en un “hola”.
Ella, entonces, como un barco que se cruza con otro, solo para dañar el casco de mi navío, sonrió y me clavó un “adiós…”.
Creo que reía mientras yo continuaba arrastrándome hasta el consultorio de mi terapeuta.

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2 Responses to “Diagnóstico”

  1. ar Says:

    Buena observación 🙂
    Enigma: alguien puso a prueba el paradigma


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