El último

6 agosto, 2015

Cuando uno es un niño tiene ese permiso anual para el pensamiento mágico en el momento de soplar las velitas de la torta.
Tres deseos. Tres pedidos que, por inexperiencia o impericia,  terminan en el encargo telepático de una commodore 64 o, más recientemente, una Playstation.
Con el paso de los años ese pensamiento mágico se diluye y uno se va olvidando del asunto de los deseos.
Alguien (la que no me lee) me lo recordó. Me dí cuenta de que no se me había pasado por la cabeza y que no sabía que pedir. ¡Y había que pedir tres!
Lo pensé un poco y lo resolví. Voy a pedir mi último deseo: No tener que pedir nunca más nada. Que sucedan cosas buenas sin pedir. Porque cuando uno es un poco más grande,  uno advierte que pedir es mendigar y no está bueno.

No sé si algo o alguien se ocupa de cumplir los deseos de los adultos. No me preocupa. Con la conspiración de los padres que cubren a Papá Noel y los Reyes Magos alcanza para los pibes. Y a mí  me alcanza con ese deseo.

Así que, como no tengo bolsitas con cotillón, les dejo ese par de deseos.
Hagan algo bueno con ellos.

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