Verónica

30 abril, 2019

Verónica murió el sábado.
Tenía metástasis. Esa palabra que suena a figura retórica pero que no se asemeja a nada. Es el presagio de la nada.
Conocí a Verónica antes de aprender a leer y a escribir, así que hay una parte de la historia que es imposible que se escriba. De la otra, me acuerdo de algunas cosas:
La primera que se me viene a la mente cuando pienso en ella es el último día de la escuela primaria. Nuestra primera despedida.
Yo estaba en el patio. Literalmente al borde del abismo de la infancia preguntándome por el futuro. Se me apareció y cuando alcé la vista para mirar a esa nena hermosa y alta, me dió una tarjeta en la que decía que me quería. Me dió un beso en la mejilla y se fue dejándome con más preguntas aún.
No sé qué tan cercanos éramos en ese momento pero sospecho que luego de algunos años con guardapolvos alguna familiaridad se construyó.
Me parece que, sobre todo, en el último tiempo que compartimos en la escuela, nos rondábamos como tratando de saber algo más del otro pero la educación formal tiene sus tiempos y nuestros caminos se separaron.
De repente se me aparece una gracia que hacía con un pequeño frasco de minas para compás que yo tenía: decía muy ampulosamente y moviendo sus manos como si tocase unos pechos gigantescos que esas minas con el agregado de penicilina se convertían en mujeres como La Mulatona de Clemente.
Semejante afirmación no parecía venir de la alumna prolija y abnegada a la que un par de años antes se le había encomendado pasar en limpio una de mis composiciones porque había que enviarla a, vaya uno a saber donde, y mis garabatos eran indescifrables.
De la chica que, literalmente, me escoltó en el dificultoso trance de caminar en público llevando la bandera, seguramente, evitando, penosas situaciones.
Me doy cuenta de que era importante pero se me perdió por el camino.
Se me perdió hasta que la modernidad empezó a reemplazar al niño que te ayudó a dejar las rueditas de la bicicleta por un señor abogado que da clases en la facultad o al alumno estrella de tu generación por el tesorero de un banco.
Cuando la volví a ver era claramente otra persona. Los dos éramos otros.
Ella tenía fe. Yo no. Ella seguía siendo muy bonita. Yo sigo intentándolo.
Las pocas veces que la vi en persona, en esta segunda oportunidad parecía alegre, contenta con la vida. ¡La vi emborracharse y sacudir alegremente los brazos como si fuera a volar!
Compartimos fugazmente conversaciones epistolares sobre tristezas parecidas.
La de ella, parece que se le hizo carne. Aún cuando había tomado el control de sus días.

Se me ocurre ahora que un poco tomamos distancia de nuevo porque la vida es esa cosa veloz que pasa todos los días y porque, cuando cada uno se sintió menos triste quizás no quería empañar al otro. Pero puede ser que sólo se trate de mi falta de atención por el prójimo.

No sabía con claridad que estaba enferma. Supongo que lo sospechaba y ahora si no saco algunas palabras afuera, el que se puede enfermar soy yo.

A mí me gusta pensar que la vida tiene un sentido. Que hay un relato. Pero me cuesta mucho creer. Paradójicamente, o no, me vendría bien su opinión en este momento.
No sé si está ahora en un lugar mejor. No sé si hay luz. No sé nada.
Pero se me ocurre una cosa. Se me ocurre que, de algún modo, cuando uno se acuerda de alguien que ya no está, de algún modo, lo trae de nuevo.
Se me ocurre algo más. Si no nos hubiéramos vuelto a ver, Verónica siempre sería esa niña alta que mira por encima de mi hombro en un acto escolar, que se burla de las minas del compás, que me dice que me quiere con su letra elegante y me da un beso.
Imaginemos que, pagando el precio de nunca haberla vuelto a ver, es así.

3 Responses to “Verónica”

  1. nilda, nomas. Says:

    es muy hermoso lo que escribiste, Marcos. Ojala alguien me recuerde así,cuando ya no esté.

  2. El Mostro Says:

    Lo más emotivo que he leído últimamente.


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