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Como cada tanto, el otro día viajé en el tiempo.

Del modo en el que suelo hacerlo. Un modo inconsistente.

La última vez que había visto a Cecilia, ella tenía, como era de esperarse, mi edad. Después de todo fuimos a la escuela juntos. Nos conocimos cuando nuestros guardapolvos aún no eran blancos. Nos perdimos el rastro después del séptimo grado e increíblemente, o no, desarrollamos algunos gustos en común en esa ausencia recíproca.

 

Los dos, en algún momento, nos cruzamos con depeche mode, pero en contradicción con el nombre de la banda , no nos resultó pasajero.

Incluso estuvimos, a eso de los veinte en uno de sus recitales en esta ciudad sin saber que el otro estaba ahí, en la multitud.

A los treinta y algo recuperamos el contacto y nos sorprendimos con algunas coincidencias.

Hace un tiempo, mi psicoanalista me habló, sin mencionar su nombre de una chica que lamentaba no haber visto un concierto de la banda, por cuestiones de edad.

No sé si de generoso, o por vanidoso, le hice llegar, sin conocerla, las grabaciones de los conciertos de 1994 y 2009. Claro que no le mandé un casette. Le pasé unos enlaces para descargar los archivos. Recibí un agradecimiento por interpósita persona y todo quedó ahí.

Hasta que un día mi analista abrió la puerta del consultorio y allí, con ella, estaba Cecilia con los veinte años que no le conocí. Rubia, como siempre.

“Este es el caballero que te envía las cosas de depeche mode” dijo Raquel.

Por un momento pensé en explicarle que ya nos conocíamos pero Cecilia evitó mi derivación a un psiquiatra acercándose con un beso en la mejilla y un “encantado”.

Me mostró que en su brazo derecho y llegando al hombro tenía un tatuado un verso de una canción de la banda.

Un poco por presbicia, un poco por pudor, no pude revisar bien su hombro así que no sé que canción era. No nos hemos cruzado de nuevo. Ni a tiempo ni a destiempo así que sigo sin saberlo.

Bonus track:

Como en la “Anteojito” acá viene pegado el regalo para descargar:

depeche mode en el Estadio Velez 8/4/1994

depeche mode en el Club Ciudad de Buenos Aires 17/10/2009

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Un poco recuerdo. Un poco me lo invento.

María de los Ángeles nos mostró la foto. Y recordé.

Créase o no, cuando era chico vivía cerca de un autocine abandonado.  Pero no era cualquier autocine. Era un autocine abandonado sobre la azotea de un supermercado.

Por razones de solidaridad, el supermercado también estaba abandonado.

Como todas las cosas que no se parecen a tu casa, cuando chico, esa parte del barrio era el terreno de nuestras pequeñas aventuras.

La foto que nos mostró María de Los Ángeles -que por cierto, quiere cambiarse el nombre, pero esa es otra historia- retrata uno de esos momentos de leyenda de nuestra infancia: un montón de autos con paragolpes cromados, como gustaba en los años setenta frente a una pantalla, durante la función en una noche de esas en que el mundo, aunque no la película, era en blanco y negro.

Para nosotros, ese edificio gigante, que le ganaba por varios cuerpos al de nuestra escuela con nombre de avenida, nuestro edificio más grande hasta que en cuarto o quinto grado le empezamos a prestar atención a esta mole, era lo que quedaba de las ruinas de un mundo que no conocimos .

Nunca vimos una película en ese lugar. Sólo sabíamos que había sucedido.

Nos contábamos que habían proyectado películas. Nos contábamos que habían matado a una chica en esa planicie gigante. Nos contábamos que luego ya nadie quiso ir a ver "Tiburón" adentro de un auto, arriba de un supermercado y junto a palabras escritas con la sangre de la chica.

En este punto mi memoria flaquea y debo decir que no recuerdo si había consenso sobre lo que estaba escrito con la sangre de la pobre chica pero imagino que toda la combinación también afectó al supermercado porque la gente no quiere tener a la muerte sobre sus cabezas en ninguno de los sentidos posibles mientras compra melones de oferta y dejó de visitarlo.

En quinto grado se nos apareció Matías. Y se nos apareció mudándose al barrio en la larga cuadra de enfrente de esa mole inquietante.

La familia de Matías era una de esas familias que no pueden tener el culo quieto por razones que no terminábamos de entender y eso había provocado cosas increíbles a nuestros ojos: Había hecho una parte de la primaria en Francia, su hermana menor había nacido en Israel y, por si esto fuera poco, tocaba el clarinete, tenía un perro rengo y una cupé  Chevv.

Visitarlo, para mí era, ahora que lo pienso, un poco como ir al circo. Para él ahora que lo recuerdo vivir en nuestra sociedad era un poco insoportable. La versión de la escolaridad en Villa del Parque le resultaba increíblemente prusiana y si me lo permiten, voy a defender su intento de ajusticiar a una maestra suplente que lo hostigaba por desprolijo.

Traje a Matías y su familia de trashumante para fijar el momento en que el centro de gravedad de nuestros recorridos se desplazó a las inmediaciones  de ese monstruo abandonado.

Voy a conceder aquí la existencia de una versión alternativa del relato en la que se deja constancia del hecho de que en esa misma cuadra vivía Verónica, una compañera de grado que, al promediar el último año de la primaria tenía quince o dieciséis años y que también podría ser el motivo de nuestra persistente presencia en la zona.

Lo importante es que, ya sea, la peculiaridad del modo de vida de Matías, la incipiente sensualidad de Verónica o la fascinación por la decadencia urbana, nos la pasábamos cerca de esas ruinas a la vera de la vía del tren.

Teníamos hasta un puente peatonal que nos ponía del otro lado de nuestro fin del mundo dejándonos ver nuestro barrio desde el otro lado de las vías.

Era desde ese lugar en el que mejor se veía la gran rampa que alguna vez permitió que los autos saliesen de la azotea luego de cada función.

Hoy que manejo un auto supongo que no me impresionaría tanto -sobre todo luego de ver las rampas curvas de cierto complejo de cines de barrio rimbombante diseñados por el mismo belcebú- pero entonces era el sendero hacia el misterio. Las más de las veces solo subíamos unos pocos pasos pero cada tanto alguno se le animaba a un fugaz vistazo a la azotea y volvía corriendo cuesta abajo asegurando haber visto a un cuidador que usaba las cartucheras del Llanero solitario amenazándolo con una bala de plata.

Otras veces aprovechando el escaso tráfico que nos permitía andar en bicicleta nos subíamos uno o dos metros por la pendiente para dejarnos caer y terminar, sin tener que pedalear a unos cincuenta metros de la salida. Era un entretenimiento un poco peligroso. Te lanzaba a la la calle que corría junto a las vías de nuestro lado del mundo, dando la espalda al tráfico que venía por ella pero dicho lo de la escasez del tráfico, el nivel de contingencia era bajo.

Algunos teníamos suerte y teníamos bicicleta. En mi caso, primera mano, algún otro heredada. Pero no era el caso de todos. En esa época la bicicleta, con sus, rueditas, era una cosa costosa y no era raro tener un amigo que te la pidiese prestada porque, simplemente, su familia no podía comprarle una.

Aquí debo decir que creo recordarme como un niño bastante egoísta y que lo que voy a contar a continuación es, tal vez, una demostración de que, incluso para ser generoso hay que practicar. Sobre todo para entender el sentido de la oportunidad.

Le presté la bici a Roly.

Roly era especial. Vivía en mi cuadra y no recuerdo si fuimos compañeros desde primer grado pero si no fue así, me lo debo haber topado primero jugando en la calle y luego lo descubrí con un delantal en el colegio.

No sé que pasaba con Roly pero la escuela no funcionaba para él. Era demasiado inquieto, incapaz de fijar la atención en un pizarrón y físicamente torpe. Tanto como para hacer cosas que resultaban peligrosas, incluso, para él.

Roly era por sobre todas las cosas, desmesurado. Desmesurado y alegre.

Siempre sonreía aunque eso hiciese que se lo tildase de idiota.

Seguramente, hoy, la psicología o la psicopedagogía encontrarían un nombre para describir en un adjetivo la peculiaridad de su conexión con el mundo. En ese entonces, las maestras se limitaban a no pedirle mucho y permitirle pasar de grado en reconocimiento de cierta simetría en la ignorancia.

Para que se entienda la parte de la desmesura debo decir que solíamos poner monedas, chapitas de las gaseosas o piedritas sobre los rieles del tren para ver que les sucedía al paso de la locomotora y Roly, sin que pudiésemos advertirlo, se las apañó para sacar un adoquín del cordón de la vereda -aún no entiendo como- y lo puso junto a nuestros guijarros. Y no. El tren no se descarriló. Pero hizo unos ruidos y lanzó una multitud de esquirlas incandescentes mientras arrastraba el granito a su paso.

No me acuerdo bien si Roly se asustó como el resto de nosotros. Prefiero inventarme el recuerdo de un chico fascinado con el festival de pirotecnia que desató. No me culpen.

Se la presté.

Y comenzó a caminar por la rampa pero no se detuvo en nuestra altura habitual. Caminó hasta la azotea. Miró el playón. No sé que vio. Nosotros, los demás estábamos en la prudente vereda. Nunca nos dijo que vio.

Sin apuro se subió a la bicicleta y se dejó caer por la rampa. Pasó delante nuestro a una velocidad tal que me resultó imposible darme cuenta si sonreía como de costumbre o si el vértigo lo había asustado. Fue tan rápido todo que sólo más de treinta años después me puedo detener para preguntármelo.

En este punto dudo acerca de cual será la mejor manera de contar el derrotero de Roly sobre mi rodado 16 bordó. En mi imaginación es siempre larguísimo pero voy a intentar darle la dimensión correcta.

Salió despedido por la calle lindera al ferrocarril y dejó atrás la plazoleta primero y todas las dos cuadras siguientes sin necesidad de pedalear. La primera era una cuadra larga. En total hasta ese punto había recorrido unos trescientos cincuenta metros.

En ese punto, imagino, habrá pensado que alejarse mucho implicaría todo un esfuerzo para regresar. O no habrá pensado nada y giró a la derecha para recorrer otras dos cuadras largas, unos doscientos  metros más. En ese giro lo perdimos de vista e imaginamos que volvería por la paralela y salimos a su encuentro.

Las evidencias demuestran que recorrió las dos cuadras y giró nuevamente a la derecha con toda intención de volver a nuestro encuentro. No lo logró.

Cuando llegamos a la última cuadra que encaró, más o menos a la mitad, encontramos mi bicicleta tirada en el piso junto a un ovejero alemán -no siempre todo fue golden retrievers y bulldogs franceses- y el piso manchado con sangre. La sangre era de Roly pero él no estaba.

Corrí a la casa de Roly, asustado. Un poco por lo que le había pasado y otro poco porqué su madre era de esos adultos que durante la infancia me atemorizaban.

Al llegar tuve el alivio de ver que estaba saliendo de su casa con su madre. Había corrido,  como cualquiera hubiera hecho,  hasta su casa. Ya no sonreía.

Ella le había vendado el brazo y ahora me estaba mirando con odio: – ¿Cómo le prestás la bicicleta? ¿No te diste cuenta de que es un idiota?  – me gritó.

Lo agarró del brazo sano y se fue,  imagino, a un hospital.

Roly no volvió a esa alegría que no sabía explicar , ni sabíamos entender.

En los tiempos que siguieron, el colegio se terminó, apareció en el horizonte,  la escuela secundaría, y la amenaza de la disolución de nuestra pequeña cofradía se hizo realidad.

Incluso Matías y su pintoresca familia nómade levantaron su carpa de circo unos días antes del final de séptimo grado. Como si no quisieran esperar hasta ser descubiertos sin un propósito porque nuestra infancia había terminado o porque debían sacudir el eje de nuestro mundo.

De a poco  nos fuimos distanciando unos de otros. Dejamos de rondar nuestros puntos de reunión y  abandonamos nuestro lugar en el mundo porque la gravedad nos llevaba hacia otro lado.

De a poco nos fuimos olvidando de todo esto,  inmersos en esta patraña de la vida adulta.

Nos olvidamos a Roly y su sonrisa acusada de idiota en esa azotea,  nuestro Tártaro. Ahí en la esquina.

Nos fuimos olvidando hasta que esta cosa en la que me estas leyendo nos hizo encontrarnos a algunos primero y luego hizo que ella nos mostrara la foto.

Tal vez, lo siguiente sea que alguno de los que no hemos vuelto a ver haga algo más que traer un recuerdo.

Que haga algo que de vuelta el mundo y nos ponga a todos al pie de esa azotea para que nos pongamos de acuerdo y subamos hacia lo desconocido para traer a Roly.

Porque me parece que él,  en realidad, nunca bajó.

Esdrújula

19 mayo, 2016

Anoche,  como de costumbre,  habló dormida.
Dijo, por primera vez, “Lingüística”. Dijo, por primera vez, una palabra esdrújula.
La escribí y me di cuenta de que tenía diéresis. La primera diéresis del blog.
Miré bien la palabra “diéresis” y me di cuenta de que es esdrújula.
Una esdrújula dentro de otra esdrújula.
Miro “esdrújula” y es esdrújula.
Una esdrújula dentro de una esdrújula dentro de una esdrújula…

Español: Sombrero de Sigmund Freud. Museo de F...

Español: Sombrero de Sigmund Freud. Museo de Freud, Viena (Photo credit: Wikipedia) (Podríamos fabricar sombreros como este, con un dispositivo que te hable)

Hay que dejarse de joder e inventar el psicoanálisis en tiempo real.
Hace falta algo que a uno le avise de los derrapes más o menos a tiempo para evitarlos. Algún dispositivo que dé alertas de neurosis.
Se me ocurre que podría ser un software que se instala en algún dispositivo como Google Clases pero también en televisores inteligentes o smartphones y así podríamos recibir indicaciones cuando en el caller ID aparece mamá o cuando nos ponemos a ver una serie de médicos y hospitales en les que los actores invitados suelen crepar.
¿Imaginan un ringtone que le alerta al usuario cuando está por repetir esa idiotez que le desbarrancó la existencia? ¿Imaginan un cartelito sobreimpreso sobre el cristal de unos anteojos diciendo que no es una buena idea seguir mirando algo o alguien?
Sólo necesito unos millones y un ejército de ingenieros asiáticos.

 

Diagnóstico

24 abril, 2013

Tengo un método un poco cuestionable para ponderar la salud mental de las personas.
Lo desarrollé observando a otros pacientes de mi analista.
Cuando me topo con ellos al principio de mi sesión o al retirarme, la cortesía y las buenas costumbres imponen un saludo entre caras conocidas de personas desconocidas.
Ese cruce fugaz no permite  utilización de dos saludos en una secuencia de encuentro y despedida. En la economía de la ocasión, la elección del saludo me resultaba una señal inequívoca del ánimo del sujeto en cuestión.
Así aquellos que se debaten con alguna zozobra optan por el extremo de la despedida eligiendo un “chau”.
Como contrapartida, quienes gozan del beneficio de alguna alegría se dedican al otro extremo de la secuencia y pronuncian un “hola” con cierto inconfesable goce.
Por lo general aconsejo altas y tratamientos más intensivos basado en este método de diagnóstico. Pero, de momento, mi analista no está de acuerdo.
Uso, sin embargo el método para estudiar a la gente. Me corrijo. Lo usaba.
Lo usaba hasta que una mañana, una de esas mañanas en que el mundo se agrieta a manos del criminal menos pensado, alguien puso a prueba el paradigma.
La paternidad me había despertado con la obligación de la escolaridad y esa desconsiderada institución llamada escuela, que se dedica a deformar niños, igual que los padres, pero con fines de lucro, había alquilado un teatro para realizar una actividad a primera hora de los mañana. Una bonita manera, por cuestiones de distancia, de apoderarse de algo de mi tiempo. Esa cosa que no puede recuperarse, como decía Napoleón.
Así las cosas, la pequeña y yo, comenzamos el día en la puerta cerrada del teatro, mientras me preguntaba cuando aparecería alguno de los dependientes de la escuela para poder continuar con mis actividades.
Afortunadamente, llegó su maestro de música y, aunque el tipo le dice a los pibes que su verdadero nombre es George Harrison y que los rumores acerca de su muerte han sido exagerados, yo estaba muy apurado. La dejé a su cuidado y partí a paso veloz.
Fue entonces que sucedió.
Alegre y con floridos estampados, la cuasi jipi maestra de mi hija parecía venir a mi encuentro, pues se dirigía al sitio que acababa de dejar.
Cuando la tuve lo suficientemente cerca, el alivio de saber que mi hija ya no estaría al cuidado del Beatle silencioso, se convirtió en un “hola”.
Ella, entonces, como un barco que se cruza con otro, solo para dañar el casco de mi navío, sonrió y me clavó un “adiós…”.
Creo que reía mientras yo continuaba arrastrándome hasta el consultorio de mi terapeuta.

Pan

31 diciembre, 2012

Bread party

Bread party (Photo credit: rofi)

El lunes pasado, azarosamente, mi trabajo me llevó a un banco sobre la calle Venezuela. Entre Perú y Bolívar.

Mariana tenía una entrevista a un par de cuadras y le ofrecí ir a buscarla para acercarla al lugar.

Dejamos el auto en una playa de estacionamiento descubierta en Chacabuco y Venezuela.

Antes dejaba el auto allí todo el tiempo pero luego empecé a dejarlo mas cerca de la Avenida de Mayo.

Caminamos por la calle Venezuela, primero hasta mi obligación en el banco y luego de una rara situación en la algo que siempre hago solo requirió de su ayuda, continuamos el par de calles que nos faltaban para llegar a su posible nuevo empleo.

Le pregunté a un tipo que parecía extranjero por la tonada cuantas calles faltaban para Balcarce y me miró como si le hablara del fin del mundo. Y eso que estaba atendiendo un puesto de diarios y revistas.

Me despedí de Mariana en la imponente puerta de la empresa y me puse a desandar hacia Plaza de Mayo, donde el tercer subsuelo del Banco Santander Río era mi siguiente parada.

Al emerger con los cheques en el bolsillo, busqué la recova del Cabildo hacia Avenida de Mayo primero y Perú luego para, desde Florida y Diagonal Norte, buscar Bartolomé Mitre y el nuevo local del Standard Bank.

A la vuelta de la esquina dejé en una máquina de depósito los cheques al día y, al salir del Credicoop, comencé a caminar las no pocas cuadras que me separaban del auto.

De nuevo en Chacabuco y Venezuela, me encontré con los empleados del estacionamiento.

El que estaba sentado en la caja sonreía con ese optimismo que tanta desconfianza me inspira, con esa cosa que en la tapa de un disco de Bersuit -creo- llaman “asquerosa alegría”.

Y me preguntó: “¿Cómo le va? Dígame que bien. Porque si a mí me va bien, a usted le va bien”.

Forcé una sonrisa y pensé que, después de todo, tampoco me iba tan mal.

“Es cierto, me va bien” respondí.

Nuestro pequeño intercambio se interrumpió con la intervención que hizo el otro empleado, supongo, de reciente incorporación, preguntándole al cajero acerca de alguna fiambrería para comprarse algo de fiambre y proveerse un sándwich para el almuerzo.

“Fiambrería no” sentenció. “Pero el ecuatoriano tiene fiambre y tiene un pan un pan interesante para prepararte un buen sánguche”.

Se ve que el tipo no necesitaba más precisiones porque se calló y permitió que la conversación con su compañero prosperara.

“Me parece interesante que a usted un pan le parezca interesante” disparé.

El tipo se iluminó. “¿Sabe que pasa?”.

“Si usted me pone cualquier comida sobre la mesa, pero no hay un buen pedazo de pan rico, para mí no vale nada. No importa que sea un buen plato de fideos, un estofado o un rico asado.”

Se ve que puse cara de interesado en el asunto porque el tipo prosiguió con sus justificaciones.

“Mire, el fiambre puede ser más o menos rico, pero el pan… el pan es lo que hace al sándwich”.

Me cobró y me devolvió la llave mientras continuaba su disertación sobre el pan y sus virtudes. Comenzó, incluso, a seguirme hasta el auto mientras hacía este panegírico del pan.

No sé porque. Pero supongo que, debido a que yo había comenzado esto, le conté la anécdota del jefe portugués de mi amigo Gustavo que había descubierto que el pan en Buenos Aires no era una mierda, como en Lisboa y se desayunaba un kilo de pan francés, a diario.

Le dije que yo siempre había pensado que el secreto debía estar en el agua y cuando me disponía a disertar sobre índices de acidez, alcalinidad o dureza, me detuvo con una afirmación tajante: “El secreto está la harina”.

Lo miré con cierta perplejidad y el tipo prosiguió, justo cuando iba a hacerle notar que, e

 

n todo caso, la diferencia del agua también afectaba el riego del trigo.

“Hace muchos años recibí una consulta de la Boca” -como si La Boca estuviese tan lejos de San Telmo o si consensuase el separatismo de La República de l

 

a Boca- “Una gente quería empezar un proyecto de panificación” dijo y me miró con severidad e hizo un silencio.

Ahí yo pensé que el tipo iba a confesar que había colaborado con unos delincuentes que amasaban mignones con agua de la desembocadura del riachuelo y que la harina en estas latitudes era tan maravillosa que ni la mas fétida de las aguas podía eclipsarla.

Cuando me preparaba para usar esa afirmación como punto de apoyo para refutarlo elogiando el agua del Riachuelo el hombre continuó:

“El secreto está en la harina. Que no es cualquier harina. Yo los mandé a una proveeduría para panificación. Ahí no venden eso que nosotros compramos en el almacén. Ni tres ceros, ni cuatro ceros, ni cinco ceros. Es tan fina, tan suave la harina que venden en esos lugares que es imposible que lo que uno amase no salga rico”.

El tipo estaba muy convencido y yo, realmente, tenía que continuar con mis obligaciones así que dí un paso mas hacia el auto. El tipo me puso una mano en el hombro y me dijo: “Pruebe. Vaya a una proveeduría para panaderías, en Pompeya hay alguna e incluso cuando amasa fideos caseros puede probar.

Sonreí y me despedí pensando que tenía que pasar por la estación de servicio de Boedo y Chiclana para ponerle nafta al auto.

Durante la siguiente media hora mi conciencia se alejó de las levaduras y los hornos de panadero pero de repente, y cuando conseguí desalojar mi cabeza de la urgencia del combustible, al salir de la estación algo se me desacomodó en la cabeza y no giré por Caseros para volver a buscar Chiclana. Seguí una cuadra por Avenida Sáenz y repentinamente doblé por la calle Pomar.

El semáforo me detuvo antes de poder cruzar Raulet.

Desvié la atención del rojo del semáforo y allí estaba: una proveeduría de insumos para panaderías.

Desde el otro lado de la calle podía ver esa esquina llena de bolsas de harina que me miraban, desafiantes, invocando mi duda.

Reconozco que por un momento pensé en detenerme y comprar harina pero luego el semáforo encendió su luz verde y me dije: “A cagar, la diferencia está en el agua”.

Barcelona

22 septiembre, 2012

Freddie había apostado todo y había perdido. Su aventura solitaria fuera del regazo Queen no había vendido lo suficiente de ese disco, casi desaparecido llamado Mr. Badguy, en el que la CBS había depositado la esperanza de tomar una tajada de lo que Parlophone y EMI venían gozando al menos una década con la banda de Mercury.

El disco es todo lo que se puede esperar de una estrella de la exageración sin la intervención de sus compañeros de Queen, especialmente de Brian May, a quien, en un gesto de narcisismo irreductible, no solo le agradece en el sobre del álbum, no haber intervenido -al igual que a Roger Taylor y John Deacon- sino que le pide que grabe una pista de una guitarra para She blows hot and cold  para luego hacer que un sesionista lo imite en la versión final y, por si fuera poco, relegar la canción a la cara B de un simple.

Plagado de sintetizadores, una concesión que había hecho Queen en 1980, luego de una década de jactancia acerca de los sonido de la guitarra de May, Mr Badguy, recoge canciones que no encajan en lo que podría pensarse como la casa paterna o materna que fue su banda y aún con resultados heterogéneos, le permite tachar de su lista de deseos varias líneas. Incluída la de grabar con una orquesta completa la canción que da nombre al álbum.

La misma industria discográfica, que le hubiese dado un ejército de enanos castrados para hacer los coros de un simple exitoso, resentida por las ventas, ciertamente, muy modestas del álbum que, irónicamente, hoy es un objeto de colección difícil de encontrar en su edición original, se horrorizó cuando, la propuesta para el segundo álbum resultó ser un proyecto de dúos con una cantante de ópera.

Mercury, probablemente inquieto por la importante demora que acumulaban los enanos castrados, asaltó con uno de sus caprichos de estrella a Jim Beach, su representante, y cuando este creía que haber llevado a Freddie a ver una ópera había calmado su apetito, su estrella le pidió un encuentro con la soprano.

Cuando logró el encuentro -los tipos que lidian con las estrellas siempre se las arreglan, sino vean Get Him to the Greek– Freddie, le hizo escuchar Exercises in free love, lo que se convertiría en la cara B del simple de su cover de The Great Pretender. Y, para completar la serendipia, Monserrat Caballé le preguntó si le daba permiso para cantarla en público.

La petición de Caballé hizo que la confianza eclipsara a la timidez que le provocaba enfrentarse a lo que él consideraba un verdadera estrella  y le sugirió grabar un albúm de música popular juntos. La soprano le preguntó cuántas piezas como las que acaba de escuchar hacían falta para completar el disco y le pidió dos cosas: Que las compusiese y que le dedicara una su ciudad natal.

Así puestas las cosas, CBS y sus responsables entraron en el mencionado estado de terror y se desvincularon del extravagante proyecto que fue finalmente publicado por Polydor.

Aunque el resultado es muy grandilocuente, se nota el contrapeso del pianista y compositor Mike Moran, quien intervino en la composición de prácticamente todo el álbum. Los años transcurridos  desde su anterior intento habían ajustado el ego de Freddie y le pidió a John Deacon que tocara el bajo en How Can I go on.

Quizás esta actitud sutilmente más modesta le impidió obtener lo que esta obra parecía pedir: Músicos del mundo del que venía Caballé. Una orquesta o  un conjunto de cuerdas de cámara.

En su sitio, Moran y Mercury, rodearon las voces del álbum, en general con teclados y máquinas de ritmo que en su momento funcionaron, bastante bien.

Veinticinco años después en una época en la que no se venden discos y que el negocio de la música, la industria decidió darle esa orquesta a la música que parecía pedirla así que le encargaron a Stuart Morley, el hombre que realizó los arreglos de la comedia musical We Will Rock You que se sentara a escuchar el álbum y volviese a grabarlo… con ochenta músicos.

Aunque no es la primera vez que la industria de la música hace algo así. De hecho, a veces, sólo se limita a cambiarle la portada a un disco. Se lo hizo a este en 1992 y ahora mismo. En general las industrias culturales prescinden bastante de la figura del autor y son capaces de publicar cualquier borrador descartado e incluso excederse en las funciones de edición reescribiendo una obra como esta.

Es cierto que, bromas aparte, como la de Woody Allen en las Listas de Metterling, en las que se publican las listas de prendas sucias de un escitor, sin gestos como estos no hubiésemos conocido a Kafka.

El resultado es efectivo, la orquesta lleva al disco unos pasos mas cerca de uno de los mundos que se encuentran en él: el de Caballé.

Me pregunto si la soprano estaba interesada en reescribir esta parte de su obra. No imagino tampoco que tan importante son los registros fonográficos en una rama de la música tan sujeta a la performance. Quizás más que en  el rock.

Lo cierto es que como dice en las notas de la nueva grabación, la única que permanece en catálogo en un orwelliano movimiento de reajuste del pasado, el hombre que hizo esto posible, no está aquí para ver el resultado.

Al menos vio el momento en el que un encuentro entre dos mundos, contra lo que suele suceder, no terminó en aniquilación sino en belleza.

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