Diego

3 abril, 2020

No es el momento que retrata la foto. Es lo que pasa mucho antes y mucho después.

No es él, que está flotando en el aire. Soy yo que estoy clavado en el suelo.

No es él que viene corriendo desde que se levantó del pupitre que compartíamos. Soy yo que de repente estoy sentado ahí de nuevo.

No es que la última vez que nos vimos el mundo era gigante. Es que ahora es muy pequeño.

No es que en estos años nos hayamos buscado. Es que la ola de su ausencia me encontró.

No son todas las alabanzas de aquellos que vieron la carrera. Soy yo que no lo hice y lo recordaba entrañablemente.

No es la foto. Soy yo que me quedo mirándola.

Sueño de aislamiento.

28 marzo, 2020

Salgo del dormitorio.

Me topo con una de mis cuñadas. No debiera estar allí. Se supone que estamos en cuarentena para que un virus que se especializaba en resfríos no nos mate ahora que parece que, del otro lado del mundo, toman sopa de murciélagos con banana porque no tienen choripanes. Choripanes con un chorizo de puro cerdo y un crocante pan francés. Un Felipe o un flautita, que por cierto suenan más a panes españoles.

Españoles que se están muriendo como moscas mientras escribo así que no sé si quedará alguno para amasar pan.

Además de mi cuñada hay mucha gente. No los conozco a todos pero está mi amigo Gustavo a quien conozco y reconozco desde hace tres décadas. Pienso que tiene una hija pequeñita y no debería hacer esta tontería de tumulto en mi casa. Que nos vamos a enfermar todos.

La puerta del departamento chorizo está abierta y veo pasar en dirección a la calle a Topa, el conductor de programas ifnantiles usando un vestido de novia amarillo. Me doy cuenta de que estoy perdiendo la razón.

Me abraza Ariel, mi amigo de la infancia, contento de haber venido al cumpleaños de mi mujer. Lo miro ente contento y azorado.

Me doy vuelta y entre toda la gente aparece Ángela, empujando a un pibe de unos veinte años que no conozco. Lo conmina a presentarme a su novia.

Ángela, mi abuela, disculpen las omisiónes, está muerta. Pero esto no parece ser motivo para reprender a quien podría ser un bisnieto.

Aparece un chica alta, delgada y resuelta me estampa un beso en la mejilla. No entiendo su nombre cuando se presenta. Es pálida, transparente, tiene unos anteojos de esos que exageran los extremos hacia arriba y los lados. Como los de Eugenia Zicavo, pero no está recomendando libros. Y debe estar muerta como mi abuela pero no se resigna. Tenerla cerca es inquietante.

Me despierto.

Mejor no hablemos de cuanto falta para el cumpleaños de mi mujer.

Ivana

2 febrero, 2020

Sueño.
Llega Ivana al bar.
Se sienta frente a mí. Está triste. Puedo verlo en sus ojos oscuros.
Le tomo la mano que tiene sobre la mesa tratando de hacerla sentir mejor. ¿Es un instinto? No sé.
Espero que hable. No me dice nada. Sus ojos no se terminan de humedecer nunca.
Su rostro se tuerce en una mueca de dolor. Sigue sin decir nada.
El mozo nos interrumpe. Se de cuenta de su desatino. Promete volver luego.
Ella sigue a punto de llorar o de decir.
Espero sin saber que sucede.
Me despierto.
No conozco a Ivana.

La Guerra de las Galaxias

22 diciembre, 2019

Hace mucho, mucho tiempo atrás, en una galaxia en la que no había ni televisión a color, las películas se veían en el cine.

Al menos las películas enteras, porque en ese mundo había otra cosa que parece de esta época en la que todo es breve: las ediciones de películas en el formato de 8 mm.

Unos rollos de unos veinte minutos para ser proyectados con un dispositivo hogareño. Un dispositivo que, en ese planeta desértico sin videocasetera, sólo era portado por fuerzas misteriosas hasta las celebraciones de cumpleaños de niños afortunados.

Esos rollos no podían, de ninguna manera, por su breve duración, llevar al cumpleaños de tu compañero del jardín de infantes una película tal y como se había visto en el cine así que se editaban conjuntos de escenas seleccionadas que no superaban la limitación de esos veinte minutos del rollo.

Así las cosas, este niño que miró la Pantera Rosa en un televisor en blanco y negro empezó a ver en esas celebraciones una serie de montajes inconexos de películas, principalmente de la factoría de Walt Disney, quien llevaba muerto poco más de una década y aún no era el dueño del mundo.

No puedo precisar en cual de estas celebraciones, ví esa nave interminable saliendo del borde superior de la pantalla, a la caza de la nave de Leia. Ni cuando fue que ví vagar a esos robots por el desierto. O cuando vi entrar, por primera vez a Darth Vader con sus ojos muertos y su respiración mecánica.

Pero fue sin dudas en uno de esos rollos de historias incompletas que me topé por primera vez con una de esas cosas que me iban a permitir participar de la cultura popular.

No puedo recordar cuando pude saber cuál era el destino de Obi Wan Kenobi en el duelo con Darth Vader. El rollo siempre terminaba cuando se iniciaba el duelo para que Luke y sus amigos pudieran concluir el rescate de esa Princesa que, por cierto, no parecía necesitar que la rescaten.

Así mientras unos niños se iban a comer la torta, otros nos quedábamos estupefactos, pues habíamos visto una ventana a algo que no sabíamos que nos acompañaría durante un largo, largo tiempo.

Sospecho que completé la visión del primer largometraje en la televisión, aunque no creo que con una videocasetera. No conocí una hasta dos años después del “Regreso del Jedi” , película que, ciertamente, ví en el cine, pues conseguí que mi madre me lleve.

Cómo rellené el hueco de “El imperio contraataca” no lo recuerdo con claridad están todas las posibilidades que van del cine al VHS. Si en esta historia hay gente que no sabe quien es su padre, creo que esta imprecisión se me puede perdonar.

Entonces la historia se quedó ahí. En unos juguetes que mi madre regaló a otros niños impidiendo que hoy yo sea millonario (quizás no tanto). En un videoclub (es cierto, existieron). En la televisión.

Hasta que un día, en 1997, en un cine, dispuesto a ver una película , de esas para adultos, sin Jawas , veinte años, después de ir a ver como un niño sopla las velitas sin saber que Kenobi ha burlado a Vader uniéndose a la fuerza, veo a Han Solo junto a Jabba al pie del Halcón Milenario.

George Lucas acababa de comenzar la discutible costumbre de retocar sus más queridas películas. Y las iban a volver a proyectar en salas de cine. Perdí la razón y conseguí arrastrar a mi compañera a una función del episodio IV.

No me daba cuenta de que algo más grande estaba pasando. Nos iban a contar esa historia que apenas se vislumbraba en la guarida del viejo Ben y en la confesión de Vader que, ciertamente, es el nudo de todo este asunto: una historia de la búsqueda de nuestros orígenes. Una historia acerca del encuentro y desencuentro con una padre, una madre, un guía. Para seguirlo. Para negarlo. Para redimirlo, tal vez.

En 1999 descargué, por una conexión dial up a Internet, el primer tráiler del Episodio I. No existía YouTube y hasta ese momento, los trailers de la películas se veían más en el cine que en las computadoras que las personas tienen en sus casas. Nunca más sería así. Millones de personas hicieron lo mismo que yo.

Fuí al cine dos veces. Créase o no, la primera vez se prendió fuego la película. Por suerte no terminamos como en Cinema Paradiso aunque ahora en lugar de un cine hay una hamburguesería de cadena. Tal vez los maldije.

El pliegue comenzaba a abrirse y ví a un niño esclavizado y sin padre dar los primeros pasos. El tono, por momentos era un poco estridente y se había perdido el aspecto de “futuro usado” pero nunca había visto a un Jedi en su esplendor ni había visto tantas cosas al mismo tiempo en la pantalla. Estaba fascinado de nuevo.

Tres años después, convertido en padre fuí al cine solo a ver el “Ataque de los Clones” comenzando una costumbre que, a veces, continúa: la chispa que encenderá una rebelión no siempre es la adecuada para todos, diría Bunbury. Aunque también estaba el asunto de ir al cine con una beba. ¡Y qué se prenda fuego la película!

Ví a ese niño convertirse en un joven atormentado, primero por la distancia y luego por la pérdida de su madre. Ví como se desata a una guerra (de los clones) que sólo era un ornamento en una línea pronunciada por Alec Guinness ¡veintidós años atrás!.

Tres años después, en uno de los años más complicados de nuestras vidas, mi hermano consiguió entradas para el estreno de “La venganza de los Sith”, y creo, que por primera vez ví gente entrando disfrazada o con sables láser a un cine.

Yo, después de ver a Darth Vader de nuevo más de dos décadas después y de volver a ver los dos soles de Tatooine salí del cine como si se hubiera completado algo que había quedado pendiente.

Por supuesto, emergí del episodio presuntamente final, decidido a que mi sucesora gobernara conmigo la galaxia y DVD mediante hice que una niña de poco más de cuatro años viera las seis películas. Por cierto, mi hermano me regaló una linda cajita con la trilogía clásica que atesoro.

En 2008, por primera vez fuí al cine a ver una película de Star Wars con mi hija: “Star Wars Clone Wars” que era un montaje de los primeros episodios de una serie de animación que cuenta esa guerra de los clones ¡Y que todavía no terminó!

Por supuesto que no la obligué a mirar todas las temporadas de la serie, pero tampoco voy a desmentir que lo intenté. Sobre todo cuando apareció Netflix. Aunque si van a incurrir en la exageración de ver más allá de las películas, recomiendo ver Star Wars Rebels.

Cuando el ratón dueño de todo esto decidió que había que contar más de la historia me quedé perplejo. Por supuesto compré entradas con anticipación y terminé en la medianoche de un miércoles con un amigo y mi hermano rodeado de graciosos que le decían a el empleado de Starbucks que se llamaban Darth Vader. Mi hija no pudo venir. Tenía que rendir una materia de primer año del secundario.

Volvimos al cine unos días después en un horario más compatible con la escolaridad . Dos hermanos. Dos primas.

Comenzaba una locura que después de “Solo” en 2018 (que a mí me gustó) y su pobre resultado económico se detuvo: una película de Star Wars por año hasta el fin de los tiempos o el colapso de la galaxia.

Diciembre de 2016 me encontró haciendo esta locura de ir al cine a la medianoche para que nadie te cuente Rogue One. Esta vez el colegio no fue obstáculo para mi padawan.

Al año siguiente, ir al cine a ver “The Last Jedi” fue nuevamente una ceremonia esperada y creo que, al menos, para mí que no conseguí nunca conectarme con cosas como el fútbol, cuando Luke emerge ileso en la batalla de Crait ante la mirada enloquecida de su sobrino, yo creo que sentí algo que debe parecerse a un gol en la final de una copa del mundo. Y luego, unos momentos después, cuando se produce su partida debo haber sentido que un poco de mi historia se iba por ahí. Sospecho que la de otros también.

Luego tropezamos con las dificultades, como dije, para facturar de “Solo”, que fue una historia pequeña para que dos hermanos vayan al cine con sus hijas y coman hamburguesas.

Hay algo de poesía en que la historia de un contrabandista insolvente no consiga dinero suficiente para seguir apareciendo en sus propias películas ¿no?

Y llego al final de esta historia con la que los he estado aburriendo. A un miércoles en el que necesito dormir una hora antes de ir al cine a la medianoche con una chica que acaba de terminar el colegio secundario sólo unos días atrás. A la que fuí a buscar al amanecer del lunes a una discoteca en la costanera.

Me despierto. Son las once de la noche. Nos subimos al auto.

Mi hija se lamenta. Me dice que ya no vamos a tener una película al año para ir al cine juntos. Le digo que ya encontraremos algo. Que no se preocupe.

La última escena del guión.

23 noviembre, 2019

Wandafuru raifu (1998) https://www.imdb.com/title/tt0165078/

Gordon Shumway, durante su estadía en este planeta, manifestó su asombro por un hecho que todos los terrestres naturalizamos: No conocemos con certeza el momento en el que ocurrirá nuestra muerte.

La biología de los nativos de Melmac, aprendimos de Shumway, en contrario sentido fija la fecha de deceso exactamente a seiscientos años a partir del nacimiento.

Tal cosa no es vivida con temor. Muy por el contrario, la certidumbre redunda en la inexistencia de angustia frente a la muerte.

La sorpresa de Shumway resultó aún mayor, cuando entendió que aquí preferimos obviar a diario que tendremos un último día para sobrellevar la certeza de que eso vendrá.

En la cosmovisión melmaciana la muerte ocurre como un evento casi sin conexión con el recorrido, una imposición temporal y no causal pero en nuestro mundo la muerte, aún negada, es un paso es un recorrido.

En ese recorrido, acciones voluntarias, involuntarias y el contexto, desencadenan acontecimientos que construyen una cadena causal.

Esa cadena causal y la medida de sus tiempos es neurótica e invisibilizante. Medimos el tiempo en vueltas al sol, le ponemos a los días nombres que se repiten y como pedimos pizza una vez por semana, pensamos que los viernes son todos la misma cosa. Y así escondemos el final de las cosas comiendo empanadas.

Asi las cosas, no sabemos si ese café con leche será el último de la vida.

No sé si quiero saber en qué momento me voy a morir. Me alcanza con hacerlo cuando haya logrado hacer lo que Obi Wan Kenobi hizo por Luke Skywalker.

Sin embargo y, en ese mismo sentido, a veces me gustaría saber que tan cerca estoy de lograrlo advirtiendo cuando estoy haciendo algo por última vez.

En el último lustro, la cadena causal o casual, me puso cinco noches a la semana en la esquina del colegio esperando a mi hija. Ha sido arduo. Pero ha sido un viaje. Nuestro viaje. En realidad, su viaje.

He tenido, en estos años, las mas importantes conversaciones de mi vida mientras manejaba hacia casa.

Entre recuperatorios y exámenes la rutina se rompió hace unos días cuando terminó la cursada pero tengo esperanzas de poder ir una vez más a la salida de algún exámen sabiendo, claro, que esa será la última vez para no olvidarme nunca.

No sé que te pasa cuando te llegan tus seiscientos años, pero me gusta pensar en esto:

En 1998 vi en el cine Wandafuru Raifu.  que en japonés, vaya uno a saber que quiere decir. Acá le pusieron After Life.

En esta película los muertos van a una especie de oficina de admisión en la que eligen un momento de su vida. Los empleados de este limbo producen y filman ese momento de la vida con el protagonista volviendo a actuarla. En el momento en que esa filmación sea proyectada, la persona que la elige quedará suspendida en ese instante por toda la eternidad.

Eso es un cielo y yo ya sé que escena quiero filmar.

Mal lugar para extraviarse

12 noviembre, 2019

Encuentro un gato en casa. No es nuestra mascota. Nuestra gata es negra y este es blanco con manchas marrones. Maulla como si quisiera decir algo. No entiendo bien a la nuestra y este, me parece, debe ser un gato extranjero porque no entiendo nada de lo que parece querer decir.

Me despierto. Es un sueño.

Suena el celular. Es una vecina que nos está enviando una foto del gatito de su hija. Aparentemente se ha ido por los techos del barrio y su pequeña está muy triste porque no vuelve.

Yo sé que el gato se ha aventurado un poco más allá y que ahora lo tengo viviendo dentro de la cabeza.

¿Cómo lo saco?

La de arriba es una foto muy mala de una fachada.

Representa, tal vez, la distancia entre los recuerdos y lo que uno puede recuperar de lo tangible del mundo.

Para mí, cuando niño, la escuela era, sin dudas, el edificio más grande construido por la humanidad. Un lugar en el que esas puertas y ventanas gigantescas a uno le daban la certeza de que era pequeño.

Ahora que el calendario dice que soy adulto, cada tanto, cuando siento el extravío de la la vida vuelvo a pararme en la vereda de enfrente para tratar de encontrar ese lugar gigante de tranquilidad pero sólo veo una construcción que no es tan grande ni majestuosa como recordaba.

Así que no es raro encontrarme ahí, buscándome, una mañana de Navidad o Año nuevo, mientras todos duermen, mirando esa fachada, tratando de entender alguna cosa que se me escapa del mundo.

Por un momento tengo la sensación de que estoy haciendo una tontería. Luego intento llevarme una imagen de esa escuelita y algo sucede cada vez que lo intento: Es imposible tomar una fotografía. No puedo apretarla en el encuadre. Es gigante.

Inmunología

21 octubre, 2017

Escribo esto para sobrellevar un día triste en extremo. Sepan disculparme.
En este país no hay una sola sociedad. Es tan vasto y diverso, que bajo un ordenamiento jurídico, un estado, pretendemos una sola nación.

Usted sabe que no es así.¿Qué tiene que ver esta ciudad que mira todo el tiempo con añoranza a Europa con, por ejemplo, Milagro Sala?

Muy poco. Tal vez usted responda mostrando expedientes judiciales. Pero es otra cosa la que quiero que vea:

Intentamos aglutinar comunidades, en algunos casos, me animo a decir, naciones, bajo esa estructura jurídica que, además resulta estar en construcción permanente, que llamamos estado. Luego olvidamos ese estado de imperfección y como dije, lo pretendemos una única nación.

Voy a intentar entonces con otro ejemplo:

Los mapuches, que ya sé que algún lector los acusará de terrorismo secesionista, pero le pido a ese lector que me conceda unas líneas más, son unos de esos grupos, unas de esas comunidades que, de facto, hemos acomodado dentro de esa estructura simbólica. Claro que los hemos acomodado en un rincón difícil de sobrellevar.

Imagine usted que sus bisabuelos o abuelos no han bajado de un barco que ha cruzado el Océano Atlántico. Imagine que sus padres le enseñaron que sus ancestros no conocían la idea de la mercancía ni la de la propiedad privada. Imagine que en un pasado remoto, en su poblado, cuentan, que la propiedad era una cuestión comunal. Un pasado que lentamente se va convirtiendo en leyenda en el que los excedentes de alimentos eran cedidos a comunidades que habían tenido el infortunio de una mala cosecha.

Piense usted que hoy a esa gente, queremos, en colisión con sus tradiciones, convencerlos de que ahora, la tierra es un bien de cambio registrable y que los excedentes de la tierra son commodities

Me concederá que nuestro primer impulso es acusar a estas personas de atraso. De querer vivir en un pasado perimido. 

Nos permitimos ese impulso porque nuestra sociedad cree que ha construido algo mejor que el ordenamiento de este pueblo. Pero ¿Es mejor?¿Es tanto mejor nuestra manera de hacer las cosas?

Miramos con desdén a personas que viven la tierra como a una divinidad y que no pueden entender eso que le queremos hacer entender con el código civil. Nos indignamos porque no reciben con beneplácito el advenimiento de la propiedad privada encarnado en los chaperios que, de a poco van dejando espacio a los latifundios de la modernidad. 

De todos modos, apenas se quejan pues apenas tienen unos pocos anticuerpos para resistir el orden de cosas que se les imponen. Son los pobres entre los pobres. Mientras tanto nos contentamos pensando en esa cosa inasible llamada progreso.

¿Pero qué tan perfecto es nuestro progreso?¿No tenemos el mismo problema inmunológico?

Hágase la pregunta conmigo.

No piense en especial en este gobierno, en el anterior o en otro. Haga un esfuerzo de abstracción. Por favor. A mí también me cuesta. Claro que alguno me gusta más que otro pero no es importante en este momento.

Usted y yo tenemos la suerte de no vivir en una monarquía lo cual es a mi juicio una ventaja. La idea de un gobernante elegido por la divinidad, personalmente, me aterra.

Como usted, creo, algunos días que vivo en el más razonable de los sistemas de gobierno: la democracia.

Otros días me pregunto ¿Cuál es la distancia real que nos separa de aquellos que han sido, literalmente, conquistados?

Stephen Hawking hace poco desaconsejó continuar con la búsqueda de vida extraterrestre recordando las consecuencias nefastas que cada pueblo ha experimentado en las ocasiones al encontrarse con otras civilizaciones que las descubren y las conquistan.

En ese sentido le propongo la siguiente duda: ¿Son los radio telescopios del SETI los que hay que apagar o las pantallas de nuestros televisores?

¿Es nuestra democracia inmune a la invasión de los mensajes que los medios masivos transmiten?

En la democracia delegativa que abrazamos con tranquilidad y a veces con fervor, al final del día nos encontramos pudiendo elegir entre opciones finitas, escasas y con un nivel de garantía ridículo, con suerte cada par de años.

El nivel de garantía de que el voto sea traducido en las acciones prometidas, propagadas en esos televisores y radios que, a esta hora, si me lee, Stephen, debe estar tratando arrojar por un agujero negro -al menos teóricamente- es casi nulo. Tuvimos un presidente que explicó que no podía contarnos sus intenciones reales en la campaña.

Como contrapartida, esos mensajes se nos enquistan en la cabeza y consiguen que nos identifiquemos con personas, ideas o intereses que difícilmente son los nuestros.

Imagino que usted ha identificado esas invitaciones a vivir el futuro con esa cosa irracional que es la fe. Y, si no lo ha hecho, lo invito a mirar el mundo con desconfianza. Le pido que recapacite sobre los intereses de quienes le están hablando. Sobre todo cuando le están pidiendo ese pedacito de su participación. Ese rincón en el que usted, que se parece a mí, también se parece a un mapuche que vive sin luz en una casilla de chapas en las márgenes de un latifundio o en un desocupado que está en un asentamiento en el conurbano o, a lo mejor, incluso dentro de esta ciudad que mira el río queriéndolo mar.

Ahora sí. Ahora que le he implantado la duda, incluso acerca de mis palabras, piense en el gobierno que quiera, en el país que quiera, en el mundo que quiera.

Que lío

27 junio, 2016

El fútbol es,  como dice Reynaldo Sietecase,  la más importante de las cosas menos importantes.
Al menos, lo es para millones de personas. Millones en los que,  lamentablemente,  no me incluyo.
Y digo que es lamentable porque luego de décadas

de regodearme en mi rareza he entendido que lo mío es algún tipo de insuficiencia. Es como si me faltase una enzima que se ocupa de desdoblar en mi fuero interno ese acontecimiento de la cultura.
Así las cosas, primero me he abstenido de presenciar partidos desde aquella vez en que le pedí a mi padre que me desanudara esa bandera a modo de capa y que me llevase a casa antes de dormirme en medio del encuentro.
Más recientemente,  consciente de esta suerte de atrofia, me he propuesto entender ese fenómeno, con escaso éxito, y sobre todo he decidido leer acerca del asunto. Especialmente a Eduardo Sacheri.
Ha resultado evidente,  la fascinación que todos aquellos que tienen esa sustancia en su organismo (llamémosle “futbolasa”) les produce ver a unos tipos corriendo tras una pelota.
El modo en que esos recorridos signan sus tristezas y sus alegrías es inequívoco.
Anoche miré unos minutos la televisión. Con escasa atención. Me perdí incluso el penal fallido de Messi. Es más,  no puedo conectarme con su desazón. No puedo abstraerme de mi parecer acerca de que sufrir, me parece que sufren otros que tienen muchas menos satisfacciones de la vida (podemos salir a la calle y les muestro).
Sin embargo, pienso que yo esto no lo entiendo y que si este tipo, acomodando en la red una pelota puede hacer que alguien sonría, puede ser,  que a, a pesar de Borges, esté salvando a alguien,  esté salvando al mundo.
Que lo siga salvando.

Cinco minutos

20 febrero, 2016

image

Aclaración preliminar :
Esto no es un texto que escribí espontá  neamente. Es la respuesta a un come  ntario  en una red social del que debe haber sido mi gran amigo de la infancia  al que muchos años después he vuelto  a encontrar.
Buzz Aldrin tiene razón,  nos habían prometido colonias en Marte pero nos dieron Facebook.
No me importa. Bien vale la pena. Los marcianos pueden esperar tranquilos. Estoy ocupado charlando de nuevo con Ariel.

La lógica del pensamiento dominante de este momento está cimentada en que si se busca al mismo tiempo la igualdad y la libertad, no se consigue ninguna de las dos así que te venden primero la libertad, en el sentido de presunta oportunidad para competir por los recursos. Acto seguido aquellos que no logran hacerse de esos recursos advierten que efectivamente no tienen ninguna de las dos cosas contradiciendo lo que se les propone. Luego,  cuando pretenden comunicarlo,  advierten que esas dos cosas,  la igualdad y la libertad, han sido apropiadas por otro grupo. Todo esto en la falacia de que lo que dice la ley es justo. Para ejemplo  me remitiré a las numerosas prohibiciones alimentarias de diferentes religiones que, en su carácter de leyes divinas, pueden provocar hambrunas. Un estado,  como detenta el monopolio de la fuerza, puede volver legal lo que le parezca,  como apalear al menos afortunado,  con el palito de abollar ideologías o con un sistema impositivo regresivo, y será legal pero lo justo… lo justo es otra cosa.  (disculpen lo extenso,  pero hoy me levanté un poco reflexivo)

A %d blogueros les gusta esto: