Ellos

16 octubre, 2010

Envidio profundamente a tus  cigarrillos rubios. Ellos tienen muchas oportunidades de mover tu cuerpo.

Ese cuerpo en el que tanto me gusta sentir. Ese cuerpo en el que me gusta entrar.

Ellos son capaces de hacer que, exhausta, te pongas de pie y te alejes de la cama. Que te pongas de pie y salgas a cielo abierto. Que te pongas de pie y enciendas el fuego.

El fuego que les hará pagar el imperdonable atrevimiento de haberse llevado, por un  rato, tu cuerpo.

Genuino

15 junio, 2010

La Dra. Yvonne, lectora habitual del blog desde su primera encarnación me planteó la oportunidad de escribir para  su blog un texto acerca de su tópico favorito: El mal de amores.

He decidido intentarlo aquí y luego pedirle a Yvonne que lo replique en su bitácora.
La primera cosa que se me viene a la mente es que, en esto del dolor a partir del desencuentro, uno cree que ya lo ha conocido en toda su intensidad. Sin embargo, siempre puede doblarse la apuesta y así, por ejemplo, la desazón que te provoca que esa niña a los doce años que prefiere a otro niño se ve superada por otros episodios hasta llegar a, por ejemplo, al día en que una mujer adulta que pensabas compañera para toda la vida dice: “no más”.
Lo peculiar es el hecho de que en ambos extremos de este recorrido, al menos en principio, hay una gran cuota de candidez de parte del rechazado o del abandonado.
Lo siguiente que se me aparece es que uno, queriendo recuperar al otro corre el riesgo de agregar otro dolor: el de perderse a uno mismo.
La desolación de vaciarse intentando llenarse de eso que el ser amado y desprendido nos vuelva a elegir. Intento, ciertamente, con grandes probabilidades de fracaso por cuanto, cuando éramos elegidos, muy probablemente lo fuimos por nuestro carácter genuino.
Finalmente, el mal de amores en su encarnación de la ruptura, es algo que aparece en intensidad y ocasión diversa.
Así hay quien llora el día que sale por una puerta para no volver y tampoco vuelve a llorar; y hay quien cuenta las horas desde que se desprendió del otro, aún cuando ha sido su deseo y decisión.
Este mal, dicen, se ahoga con alcohol o, en su defecto, azúcar.
Pero si se cura, se cura con palabras.

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