No puedo recordarla literalmente pero al pie del retrato figuraba una frase que se le atribuía y que decía algo así como: “Todo esfuerzo técnico y científico debe estar orientado al bienestar de los seres humanos. Lo importante es no perderlo de vista al extraviarnos entre diagramas y ecuaciones”.
En el colegio en el que terminé el secundario todos los días me recibía un retrato de Albert Einstein.
En ese momento, tenía quince años la primera vez que noté la foto y su mensaje. Pensé que Einstein hablaba del destino que habían corrido las aplicaciones de sus descubrimientos. En particular en Hiroshima y Nagasaki pero ahora me doy cuenta de que hablaba en un sentido mucho más amplio: Einstein se sentía mucho más convencido de la infinitud de la estupidez humana que de la del universo del que somos parte. Una estupidez que, como el amor, como Dios y otras construcciones puede aparecer en todas partes.
En ese momento yo quería ser Ingeniero Electrónico.
Los técnicos e ingenieros son esas personas que terminan convirtiendo esas ecuaciones y esquemas que tanto preocupaban a Einstein en construcciones y dispositivos concretos.
En la teoría de procesos la ingeniería ha arribado a la idea de la realimentación negativa como un método relativamente sencillo para estabilizar un proceso. En términos sencillos la cosa es más o menos la siguiente: Tomo una pequeña muestra de la salida o el resultado del proceso y la enlazo a la entrada en una operación de sustracción.
En términos más sencillos aún: Si el resultado de una acción no es el deseado, en función de ese resultado indeseado se modifica lo que se ingresa al proceso como corrección de la diferencia entre lo que se obtiene y lo que se esperaba.
El ejemplo por excelencia es, en la electrónica analógica el de un amplificador de audio. Todos los que funcionan correctamente tienen un lazo de de realimentación negativa que toma una muestra de la señal de salida, la invierte y vuelve a inyectar a la entrada evitando que se convierta en un oscilador. Si esa muestra no estuviera invertida, como cuando alguien acerca el micrófono a un parlante, la realimentación sería positiva y el proceso se volvería oscilante, inestable.
En el caso del micrófono que se acerca al amplificador, en el lenguaje de sentido común, se dice que “acopla”. En lo concreto, el amplificador en vez de reproducir y amplificar el sonido del micrófono, emite un sonido estridente, producto de la oscilación, que nos alarma, nos irrita y nos mueve a alejar el micrófono acabando con esa realimentación positiva para dejar de oír esa estridencia.
Imaginemos que uno de los mentados ingenieros, aún conociendo la teoría de estos procesos, acerca el micrófono al parlante y realimenta positivamente haciendo que el amplificador no funcione bien y emita un chillido atronador. Imaginemos que este ingeniero se queda parado y que no aleja al micrófono mientras el sonido perfora los oídos de todos.
¿Por qué no aleja el micrófono? ¿Por qué no deja de aturdirnos?
¿Es qué no es ingeniero? ¿Es qué esta sometido a algún dogma de fe que lo aleja de la razón? ¿No puede escapar a alguna neurosis que le impide empatizar con los oídos de los demás? ¿Se ha extraviado como temía Einstein?

¿Quién sabe?

No lo sé.

Tal vez, sólo es sordo.
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Escrito en el cuerpo

30 noviembre, 2013

Tiene los brazos plegados contra sus pechos. En esa cuna temporal una carpeta. La espalda descubierta por la exigua musculosa.

En medio de la multitud que espera para cruzar y seguir caminando por esa calle de mentira que es Florida, veo el dorso de su mano izquierda. Una palabra escrita a conciencia con un bolígrafo, un marcador. No una anotación fugaz en la palma pero tampoco un imperecedero tatuaje.

Me pregunto, por un instante que hacer y, súbitamente el semáforo le pide a todos que den el primer paso. Alzo la vista y las miradas se cruzan un instante. La mía de perplejidad. Ella con ojos decepcionados y una mueca.

Se pierde en un mar conocido de desconocidos.

Su mano dice “¡RÁPIDO!”

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