La escuela

17 mayo, 2013

Uno de los aspectos más peculiares de la paternidad es el descubrimiento de que la escuela no existe. No al menos en el sentido en que existía cuando yo ocupaba el rango anterior del escalafón.
Antes la escuela era un asunto del niño. Es cierto que, rendía cuentas, boletín mediante, al padre tutor o encargado, pero lo hacia de un modo externo, extemporáneo. Solo cuando ese monje del saber había labrado la cifra que explica el destino de ese pequeño.
Yo sospecho que el desajuste se fue transmitiendo a través de las generaciones de docentes mes recientes en las que el rol del educador se fue desfigurando, primero por cuestiones de coyuntura, cuando algunas escuelas terminaron funcionando como un comedor barrial o salita de primeros auxilios y luego por la inexorable propensión a la entropía de la idiotez del ser humano.
Así los axiomas del proceso educativo han cambiado de un modo radical.
La figura del educador, antes, elevada, superior. Un ser iluminado, destinado a repartir rayos de sol entre los infantes, paulatinamente se fue convirtiendo en alguien diferente. Un ente terrenal, un ser accesible, un par que se sienta en el llano y exhibe, muchas veces, una capacidad increíble para disimular el hecho documentado de que ha recibido una educación formal habilitante al tiempo que exhibe una tobillera con cuentas de cerámica o un aro en la nariz.
Así, como parte de este nuevo orden de cosas igualitario, el docente cede al educando una cuota mayor de la carga de la responsabilidad del éxito del proceso, dejando librado el aprendizaje a un proceso iterativo que puede concluir más allá de los límites temporales de la escuela primaria. La revolución, sin embargo, reside en que la otra parte de la carga del proceso ya no reside en el maestro.
Como una especie de reflejo corporativo a esas obligaciones de sustitución de la familia desintegrada que algunas veces ocupa, el educador, en cuanto se enfrenta a un grupo de educandos de clase media,  diluye parte de su trabajo en la pretensión de que convocar a los padres del niño es algo positivo.
De este modo, mientras la “Seño” ocupa las tardes de los sábados en pedalear por la ciclovía que conduce al parque, un señor con barba debe recuperar de los más oscuros rincones de su mente los olvidados rudimentos del análisis sintáctico o una señora de lentes redescubre los números primos.
Ni la ilusión pequeño burguesa de la escuela paga puede evitar que los padres terminen escribiendo ensayos sobre la obra poética de Federico García Lorca, la organización social del imperio Inca o el libre albedrío de la vaca y su aporte a la industria láctea transnacional base del capitalismo salvaje moderno.
Lo cierto es que en la ilusión de la supervivencia de nuestra escuela dejamos a nuestros niños un tercio del día en un sitio que se llama igual pero poblado por un grupo de impostores que han ocupado el lugar de quienes consiguieron que “mamá amase la masa”.  Mientras usurpan ese lugar al grito de “¡ la teoría de conjuntos es una abstracción inabarcable!” nosotros, en un olvidado rincón, con la punta de un fósforo quemado trazaremos un par de diagramas de Venn en el suelo intentando hallar una intersección entre nuestro mundo y el de los niños.

Rigor histórico

24 agosto, 2010

Ya sabemos que San Martín no cruzó los Andes montado en un blanco corcel. Sabemos que lo cargaron en una camilla mientras, para combatir sus achaques, se fugaba en un viaje de láudano.

Sabemos también que Belgrano no gustaba de los granaderos como esas calzas blancas parecen insinuar. Es más, se fue a Europa, a buscarle un monarca a las Américas y se olvidó porque conoció a una dama que lo mantuvo, felizmente, tan entretenido entre las sábanas que se olvidó cual era el propósito original del viaje.

El revisionismo, razonablemente, ha cambiado la mirada que tenemos de nuestro pasado. Ha humanizado a seres que parecían construidos de mármol. Sin embargo, me pregunto: ¿Hasta qué punto es necesario reformular el pasado? ¿No tienen cierto valor las tradiciones?

Y lo digo, siendo aún una persona que no siente gran apego por cuestiones relativas a símbolos patrios y zonas aledañas.

Lo digo, porque hoy en un nuevo encuentro de asombro con la escuela de mi hija, asistí al -debo reconocerlo- divertido cruce de mundos en el que José San Martín, encarnado sucesivamente por diferentes niños, al estilo del Buñuel de Ese oscuro objeto del deseo, se entrevera con varias apariciones: desde un niño que viaja en el tiempo, hasta un grupo de brujas de peculiar acento eslavo; pasando por un hada de traje alquilado, un monstruo y un esqueleto con afición a la pedagogía. Grupo heterogéneo que volvió, íntegro a las tablas para entonar, Canción con todos.

Adivino cierta amenaza Orwelliana, un Gran Hermano que pretende reformular radicalmente el pasado con alternas intenciones.  Y no sólo ha reformulado el pasado de nuestro país: ha llegado mucho más lejos.

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