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Un poco recuerdo. Un poco me lo invento.

María de los Ángeles nos mostró la foto. Y recordé.

Créase o no, cuando era chico vivía cerca de un autocine abandonado.  Pero no era cualquier autocine. Era un autocine abandonado sobre la azotea de un supermercado.

Por razones de solidaridad, el supermercado también estaba abandonado.

Como todas las cosas que no se parecen a tu casa, cuando chico, esa parte del barrio era el terreno de nuestras pequeñas aventuras.

La foto que nos mostró María de Los Ángeles -que por cierto, quiere cambiarse el nombre, pero esa es otra historia- retrata uno de esos momentos de leyenda de nuestra infancia: un montón de autos con paragolpes cromados, como gustaba en los años setenta frente a una pantalla, durante la función en una noche de esas en que el mundo, aunque no la película, era en blanco y negro.

Para nosotros, ese edificio gigante, que le ganaba por varios cuerpos al de nuestra escuela con nombre de avenida, nuestro edificio más grande hasta que en cuarto o quinto grado le empezamos a prestar atención a esta mole, era lo que quedaba de las ruinas de un mundo que no conocimos .

Nunca vimos una película en ese lugar. Sólo sabíamos que había sucedido.

Nos contábamos que habían proyectado películas. Nos contábamos que habían matado a una chica en esa planicie gigante. Nos contábamos que luego ya nadie quiso ir a ver "Tiburón" adentro de un auto, arriba de un supermercado y junto a palabras escritas con la sangre de la chica.

En este punto mi memoria flaquea y debo decir que no recuerdo si había consenso sobre lo que estaba escrito con la sangre de la pobre chica pero imagino que toda la combinación también afectó al supermercado porque la gente no quiere tener a la muerte sobre sus cabezas en ninguno de los sentidos posibles mientras compra melones de oferta y dejó de visitarlo.

En quinto grado se nos apareció Matías. Y se nos apareció mudándose al barrio en la larga cuadra de enfrente de esa mole inquietante.

La familia de Matías era una de esas familias que no pueden tener el culo quieto por razones que no terminábamos de entender y eso había provocado cosas increíbles a nuestros ojos: Había hecho una parte de la primaria en Francia, su hermana menor había nacido en Israel y, por si esto fuera poco, tocaba el clarinete, tenía un perro rengo y una cupé  Chevv.

Visitarlo, para mí era, ahora que lo pienso, un poco como ir al circo. Para él ahora que lo recuerdo vivir en nuestra sociedad era un poco insoportable. La versión de la escolaridad en Villa del Parque le resultaba increíblemente prusiana y si me lo permiten, voy a defender su intento de ajusticiar a una maestra suplente que lo hostigaba por desprolijo.

Traje a Matías y su familia de trashumante para fijar el momento en que el centro de gravedad de nuestros recorridos se desplazó a las inmediaciones  de ese monstruo abandonado.

Voy a conceder aquí la existencia de una versión alternativa del relato en la que se deja constancia del hecho de que en esa misma cuadra vivía Verónica, una compañera de grado que, al promediar el último año de la primaria tenía quince o dieciséis años y que también podría ser el motivo de nuestra persistente presencia en la zona.

Lo importante es que, ya sea, la peculiaridad del modo de vida de Matías, la incipiente sensualidad de Verónica o la fascinación por la decadencia urbana, nos la pasábamos cerca de esas ruinas a la vera de la vía del tren.

Teníamos hasta un puente peatonal que nos ponía del otro lado de nuestro fin del mundo dejándonos ver nuestro barrio desde el otro lado de las vías.

Era desde ese lugar en el que mejor se veía la gran rampa que alguna vez permitió que los autos saliesen de la azotea luego de cada función.

Hoy que manejo un auto supongo que no me impresionaría tanto -sobre todo luego de ver las rampas curvas de cierto complejo de cines de barrio rimbombante diseñados por el mismo belcebú- pero entonces era el sendero hacia el misterio. Las más de las veces solo subíamos unos pocos pasos pero cada tanto alguno se le animaba a un fugaz vistazo a la azotea y volvía corriendo cuesta abajo asegurando haber visto a un cuidador que usaba las cartucheras del Llanero solitario amenazándolo con una bala de plata.

Otras veces aprovechando el escaso tráfico que nos permitía andar en bicicleta nos subíamos uno o dos metros por la pendiente para dejarnos caer y terminar, sin tener que pedalear a unos cincuenta metros de la salida. Era un entretenimiento un poco peligroso. Te lanzaba a la la calle que corría junto a las vías de nuestro lado del mundo, dando la espalda al tráfico que venía por ella pero dicho lo de la escasez del tráfico, el nivel de contingencia era bajo.

Algunos teníamos suerte y teníamos bicicleta. En mi caso, primera mano, algún otro heredada. Pero no era el caso de todos. En esa época la bicicleta, con sus, rueditas, era una cosa costosa y no era raro tener un amigo que te la pidiese prestada porque, simplemente, su familia no podía comprarle una.

Aquí debo decir que creo recordarme como un niño bastante egoísta y que lo que voy a contar a continuación es, tal vez, una demostración de que, incluso para ser generoso hay que practicar. Sobre todo para entender el sentido de la oportunidad.

Le presté la bici a Roly.

Roly era especial. Vivía en mi cuadra y no recuerdo si fuimos compañeros desde primer grado pero si no fue así, me lo debo haber topado primero jugando en la calle y luego lo descubrí con un delantal en el colegio.

No sé que pasaba con Roly pero la escuela no funcionaba para él. Era demasiado inquieto, incapaz de fijar la atención en un pizarrón y físicamente torpe. Tanto como para hacer cosas que resultaban peligrosas, incluso, para él.

Roly era por sobre todas las cosas, desmesurado. Desmesurado y alegre.

Siempre sonreía aunque eso hiciese que se lo tildase de idiota.

Seguramente, hoy, la psicología o la psicopedagogía encontrarían un nombre para describir en un adjetivo la peculiaridad de su conexión con el mundo. En ese entonces, las maestras se limitaban a no pedirle mucho y permitirle pasar de grado en reconocimiento de cierta simetría en la ignorancia.

Para que se entienda la parte de la desmesura debo decir que solíamos poner monedas, chapitas de las gaseosas o piedritas sobre los rieles del tren para ver que les sucedía al paso de la locomotora y Roly, sin que pudiésemos advertirlo, se las apañó para sacar un adoquín del cordón de la vereda -aún no entiendo como- y lo puso junto a nuestros guijarros. Y no. El tren no se descarriló. Pero hizo unos ruidos y lanzó una multitud de esquirlas incandescentes mientras arrastraba el granito a su paso.

No me acuerdo bien si Roly se asustó como el resto de nosotros. Prefiero inventarme el recuerdo de un chico fascinado con el festival de pirotecnia que desató. No me culpen.

Se la presté.

Y comenzó a caminar por la rampa pero no se detuvo en nuestra altura habitual. Caminó hasta la azotea. Miró el playón. No sé que vio. Nosotros, los demás estábamos en la prudente vereda. Nunca nos dijo que vio.

Sin apuro se subió a la bicicleta y se dejó caer por la rampa. Pasó delante nuestro a una velocidad tal que me resultó imposible darme cuenta si sonreía como de costumbre o si el vértigo lo había asustado. Fue tan rápido todo que sólo más de treinta años después me puedo detener para preguntármelo.

En este punto dudo acerca de cual será la mejor manera de contar el derrotero de Roly sobre mi rodado 16 bordó. En mi imaginación es siempre larguísimo pero voy a intentar darle la dimensión correcta.

Salió despedido por la calle lindera al ferrocarril y dejó atrás la plazoleta primero y todas las dos cuadras siguientes sin necesidad de pedalear. La primera era una cuadra larga. En total hasta ese punto había recorrido unos trescientos cincuenta metros.

En ese punto, imagino, habrá pensado que alejarse mucho implicaría todo un esfuerzo para regresar. O no habrá pensado nada y giró a la derecha para recorrer otras dos cuadras largas, unos doscientos  metros más. En ese giro lo perdimos de vista e imaginamos que volvería por la paralela y salimos a su encuentro.

Las evidencias demuestran que recorrió las dos cuadras y giró nuevamente a la derecha con toda intención de volver a nuestro encuentro. No lo logró.

Cuando llegamos a la última cuadra que encaró, más o menos a la mitad, encontramos mi bicicleta tirada en el piso junto a un ovejero alemán -no siempre todo fue golden retrievers y bulldogs franceses- y el piso manchado con sangre. La sangre era de Roly pero él no estaba.

Corrí a la casa de Roly, asustado. Un poco por lo que le había pasado y otro poco porqué su madre era de esos adultos que durante la infancia me atemorizaban.

Al llegar tuve el alivio de ver que estaba saliendo de su casa con su madre. Había corrido,  como cualquiera hubiera hecho,  hasta su casa. Ya no sonreía.

Ella le había vendado el brazo y ahora me estaba mirando con odio: – ¿Cómo le prestás la bicicleta? ¿No te diste cuenta de que es un idiota?  – me gritó.

Lo agarró del brazo sano y se fue,  imagino, a un hospital.

Roly no volvió a esa alegría que no sabía explicar , ni sabíamos entender.

En los tiempos que siguieron, el colegio se terminó, apareció en el horizonte,  la escuela secundaría, y la amenaza de la disolución de nuestra pequeña cofradía se hizo realidad.

Incluso Matías y su pintoresca familia nómade levantaron su carpa de circo unos días antes del final de séptimo grado. Como si no quisieran esperar hasta ser descubiertos sin un propósito porque nuestra infancia había terminado o porque debían sacudir el eje de nuestro mundo.

De a poco  nos fuimos distanciando unos de otros. Dejamos de rondar nuestros puntos de reunión y  abandonamos nuestro lugar en el mundo porque la gravedad nos llevaba hacia otro lado.

De a poco nos fuimos olvidando de todo esto,  inmersos en esta patraña de la vida adulta.

Nos olvidamos a Roly y su sonrisa acusada de idiota en esa azotea,  nuestro Tártaro. Ahí en la esquina.

Nos fuimos olvidando hasta que esta cosa en la que me estas leyendo nos hizo encontrarnos a algunos primero y luego hizo que ella nos mostrara la foto.

Tal vez, lo siguiente sea que alguno de los que no hemos vuelto a ver haga algo más que traer un recuerdo.

Que haga algo que de vuelta el mundo y nos ponga a todos al pie de esa azotea para que nos pongamos de acuerdo y subamos hacia lo desconocido para traer a Roly.

Porque me parece que él,  en realidad, nunca bajó.

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Hegemonía

19 septiembre, 2011

Leía una entrevista a uno de los poco libreros que van quedando y el tipo ponía de relieve uno de los signos de esta época: la desaparición de cierto tipo de hegemonía en la producción de contenidos culturales.
Y es cierto. Ya lo dijo un boludo con libros: “Cualquier boludo tiene un blog”.
Así los libros han dejado de ser el soporte para la narrativa escrita.
Aunque, reconozcamoslo, todos los blogs quieren ser libros.
Pero esta abolición de monopolios va mas allá debido a la conversión en mercancía de consumo de los medios de producción: Así, del mismo modo en el que, el café expreso puede hacerse en casa dejando morir en la pena al gallego del bar de la esquina, un arsenal que arranca con, la recientemente arropada en el sueño de los justos, máquina de escribir y que llega a cámaras hogareñas tridimensionales, pasando por impresoras multicolores y teléfonos frutales lleva a las manos del pueblo -de clase media a media alta- las armas para contar sus propias historias y no solamente ser expectadores de hollywood. (Fotógrafos: googleen “lytro” y ponganse a pensar en otra profesión)
Lo llamativo es, y no quiero hacer un juicio de valor, es el género que se ha apropiado ante todo por intermedio de estas herramientas: lo pornográfico.
Y no hago un juicio de valor. Sólo tomo nota de cómo el género de mostrar lo que no se suele o solía mostrar se escapa frente al amateurismo de otras vertientes.
¿Será porque se pueden mezclar la realidad y la ficción? ¿Esconderá esto un auge del documental?
Piensenlo.
Mientras tanto, esperemos que tu mamá no se compre un teléfono como el de Scarlett Johanson.

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