David

11 enero, 2016

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Siempre pienso que los artistas, particularmente los actores y los músicos, están un poco sujetos al destino de aquellos que son filmados por la máquina de la Invención de Morel.

Condenados a dejar la carne a cambio de una permanencia imperecedera de sus pasos por este mundo.

Se me apareció la idea, por primera vez, hace casi veinticinco años años cuando ví en un diario de papel que Freddie Mercury había muerto.

Hoy la muerte de David Bowie me la relató una aplicación de un smartphone y otra diferente me ofreció escuchar Blackstar, su último, disco sólo unas horas antes.

Tal vez uno debería haber adivinado que ya era mucho. Que con tanto fantasma suyo en Internet era medio imposible que siguiese mucho tiempo más entre nosotros. Ya había dejado todo.

Menos mal que en la otra cuadra pegaron unos afiches del último disco que podés tocar con la mano. Si no ¿Quién sabe? Tal vez no podríamos estar seguros de que todo esto sucedió.

Sin dudas, este es nuestro último baile.

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El de arriba

28 marzo, 2011

Cada día estoy mas convencido de que Dios existe. De lo que no estoy tan seguro es de que sea un tipo razonable.
Muchas veces las personas esperan eventos, sucesos. Hitos que mediante su fe, interpretan como señales de cierto modo de intervención de algún ser superior.
En los últimos días mi paz pequeño burguesa se vio un poco cascoteada por algunos escollos de los cuales sólo enumeraré algunos a modo de ejemplo:
El primer síntoma de ensañamiento divino fue la silenciosa muerte de nuestro subvalorado servicio de telefonía fija y, por consiguiente, la desaparición de nuestro derecho humano mas reciente: Internet.
Ante la perspectiva de cuatro días incomunicados en favor de la memoria, la verdad y la justicia, mediante un peculiar malentendido, convencí a la señora de la casa para que escapásemos de esta ciudad.
Asumo que no estaba escrito en las tablas que recibió Moisés o en el Corán porque, más o menos a mitad de camino, el santísimo embrague de la carroza imperial se fue al cielo de las auto partes a dormir el sueño de los justos.
El funcionario de la compañía de seguros telefónicamente me explicó las limitaciones de la ley de vialidad nacional y popular al respecto de la cantidad de seres humanos que la imprescindible grúa puede transportar en estas circunstancias y me ví obligado a despedir en un remis de la población mas cercana a hija, sobrina y compañera.
A mi regreso, luego de un bonito paseo de unos sesenta kilómetros y algunas cavilaciones acerca del destino de la caja de velocidades emitidas por el venturoso chofer de remolque, descubrí que mi hija ensayaba la clásica medida inmunológica térmica conocida como fiebre. Medida que, contagio mediante, su madre replicó al día siguiente.
Convencido de que el supremo hacedor se había entretenido conmigo debido a la imposibilidad de conseguir alojamiento en Las Gaviotas, atravesé el resto del fin de semana de longitud desmesurada, hasta que hoy, el de arriba, se tomó la molestia de hacerme notar que mis desventuras eran solo un montón de zonceras.
Llevé a mi hija a la escuela, como todos los días, aunque, mientras el taller, en taxi.
Mientras me iba de la escuela, a pie, por una calle que nunca transito, Él, cometió su desmesura.
Por lo general, le alcanza con alguien pidiendo monedas en un semáforo. Con la mostración de alguien que, verdaderamente, la pasa pero que yo.
Hoy fue diferente.
Gente aglomerada. Funcionario público intentando detener el horror.
Batón azul, pantuflas. En el balcón del tercer piso.
Supé que si me quedaba la vería caer así que no detuve el paso.
Sin embargo la ví. Miré por un instante hacia atrás y ví como su pantufla la precedía. Como intentando huir de la escena para luego formar parte de la macabra instalación.
A veces, el mundo no parece un albur. A veces, parece dirigido por algo, por alguien.
Alguien poco razonable.

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