Se vé que no pude tolerar el final de Dr. House asi que desarrollé un síntoma novedoso: un intenso dolor en torno a mi ojo izquierdo.
Algo así como una cefalea pero mal ubicada.
Luego de media docena de patologías ajenas, una médica de largo cabello negro, parecida a la que me encontró el adenoma hace un año, me consiguió una palabra nueva: “periocular”.
Sacó su lista de preguntas y como sólo califiqué con un poco de fotofobia concluyó en que mi padecimiento excedia los límites de sus habilidades y sugirió la consulta con un otorrinolaringólogo o con un oftalmólogo. Lamentablemente las monjas que le administran a Dios el sanatorio no tenían un convenio con la prepaga para ofrecerme esas artes así que me dieron lo que ya estaba pago: una tomografía del cerebro y la órbita ocular.

Bingo. La tomografía reveló una presencia en el seno maxilar izquierdo que puede ser un quiste o pólipo. Presencia, que según, mi eventual facultativa, no podía provocar los dolores que danzaban en mi cabeza aunque a falta de mejor explicación decidió darme el remanente de analgésicos que le había dejado Hugh Laurie antes de irse cantando un tango en inglés e indicarme la consulta con alguno de los especialistas que las empleadas de Dios me habían negado.

Al día siguiente, a la luz de la apretada agenda de los otorrinolaringólogos, decidí visitar una guardia otorrinolaringológica y tan pronto me repuse de la pronunciación de tal palabra pedí ser auscultado por uno de sus especialistas.

Debo decir que mis sospechas acerca de una conspiración divina o, al menos religiosa, recrudecieron cuando, mientras se acomodaba la kipá, un otorrinolaringólogo me aseguró, cual si estuviese escrito en el talmud que “el hallazgo” no sólo no podía dolerme. Más aún, no podía ser diagnosticado con la tomografía que la Hermana Bernarda había consentido.

Las cosas así, me fuí en busca de una medicina mas laica y caminé unas diez cuadras a un guardia oftalmológica en dónde otra bonita profesional de la la salud sólo pudo proporcionarme una nueva ocurrencia de una palabra esdrújula tras llenarme los ojos de gotas y luces de colores.

Mientras me vestía, me pidió la tomografía que separaba al Cristianismo del Antiguo Testamento y confesando vagos recuerdos de su escasa formación en el área de la neurología, concluyó en que mi dolor sólo podía ser otro de los misterios de la creación.

Lo he pensado mucho y, antes de que se me acabe el ibuprofeno, el ketorolac y algún opiáceo, le voy a llevar los estudios a mi psicoanalista. A lo mejor lo arreglamos a medias.

Desde hace unos días intento dormir, como dije, sin asistencia de ningún fármaco. He tenido resultados dispares pero, hasta ahora, lo que me había mantenido despierto, en esas horas que la convención supone para el sueño, eran mis pensamientos, mis cavilaciones alrederdor de la angustia.

Anoche, luego de dormir unas tres horas -supongo- mi aparato digestivo decidió relevar a mi cabeza y me desperté con una urgencia por vomitar que no recuerdo haber experimentado antes.

Supongo que llega un momento en  que el cuerpo en el que uno vive ya no te aguanta.

El mío estuvo haciéndome reproches hasta ahora. Casi no pude pensar en otra cosa que no sean mis tripas.

Al menos fue novedoso ¿no?

La salud mental

20 marzo, 2010

Durante los ultimos años, mi salud mental se sostuvo con medicación.
Unas cuantas drogas diferentes, destinadas a combatir, en silencio, con pocas palabras, la desazón, la angustia.
Recientemente he tenido acceso a una segunda opinion sobre mi recorrido farmacológico y, al parecer, en algunos momentos del recorrido, he experimentado efectos colaterales.
Algunos de mis peores rasgos se incendiaron y provocaron actos que espero, no repetir.
Así que intentaré no volver meterme en el cuerpo nada de eso.
Crucen los dedos: hoy voy a tratar de dormir sin rueditas.

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